LOS GRUPOS HOMOGÉNEOS DE EDAD, HERENCIA DE OTRO MODELO SOCIAL Y DE OTRA VISIÓN DE ESCUELA

La idea de un aula conformada por un conjunto de individuos con las mismas capacidades, intereses, estímulos, ambientes, familias, procesos… choca, una y otra vez, con la vivencia real de un aula. Bastan pocos momentos con una mirada abierta para apreciar que ese grupo no es real, que cada persona que lo compone es distinta, que su proceso vital, sus circunstancias, su edad, su predisposición, su realidad, su manera de estar, ser y aprender es diferente. No deja de ser sorprendente que esta estructura de grupos homogéneos perviva a pesar de todo. ¿Cómo es posible? ¿En base a qué criterios se ha impuesto esta idea? ¿Por qué es tan difícil cambiarla?

José Luis Alonso – MCEP Madrid

Como maestro-tutor de un grupo de alumnos y alumnas, uno de los momentos que me provocaban mayor contrariedad, junto con un sentimiento de incomprensión, era el despedirme de un grupo al finalizar un ciclo, especialmente cuando ese grupo poseía un alto grado de autonomía y una buena dinámica de relaciones y de trabajo.

Todo el esfuerzo de dos años se convertía en un brindis al sol al despedirme del alumnado. Y, de nuevo, como si de Sísifo se tratase, durante el verano me dedicaba a pensar cómo volver a empezar. Desde cero. Y otra vez, solo contra el mundo. (Dado que en los centros es raro que se dé una continuidad entre los planteamientos de los distintos profesores y profesoras, especialmente cuando no se trata de seguir el camino habitual de libro de texto y autoridad del adulto.)

Me resulta difícil de asumir que esta estructura organizativa de grupos homogéneos de edad sea la única que se contempla en la organización de los colegios. Al menos en mis cuarenta años de docencia así ha ocurrido.

¿Cómo es posible? ¿En base a qué criterios se ha impuesto esta idea? ¿Por qué es tan difícil cambiarla?

Entiendo que son ideas heredadas de otro modelo social y de otra idea de escuela que se sigue manteniendo por la inercia que caracteriza el funcionamiento de los centros y por la aceptación por parte de los maestros y maestras de un papel de funcionarios que se limitan a aplicar la norma, o la tradición, sin entrar en debates sobre si de ese modo se facilita un mejor aprendizaje del alumnado y de las dinámicas sociales que permiten el trabajo de relaciones y de autonomía.

En su idea central, el grupo homogéneo responde a una concepción de enseñanza de arriba abajo que se da en función del tipo y calidad del mensaje que se lanza para que el alumnado de forma, más o menos pasiva, lo incorpore, con los mismos procesos y al mismo ritmo, sin considerar las grandes diferencias individuales que se dan dentro de cualquier grupo. Esta estructura es válida al margen de cómo sea cada grupo. Se parte de pensar que todas las personas son capaces de seguir un ritmo uniforme y de ser capaz de adaptarse a cualquier planteamiento. De esta manera el adulto podía repetir el mismo trabajo un curso tras otro (incluso en la universidad se pasaban los apuntes de algunas catedráticos que los repetían todos los años). Como la materia era la misma, las necesidades también, no había que cambiar nada. Lo que había servido, o no- pero eso es otra cuestión-, se mantenía durante años y años de ejercicio docente. Como se recoge en el dicho de que hay maestros que se jubilan con un año de experiencia, aunque repetido a lo largo de 40 cursos.

Esta visión del trabajo escolar se ha podido mantener negando la evidencia que se reflejaba en cada evaluación. Bastaba analizar las notas para constatar que ese grupo uniforme no existía. Surgía un amplísimo abanico de resultados que evidenciaba que algo no iba bien. Pero, se ignoraba y se dejaba de lado con una lectura que complementaba esa visión, o bien era problema del desinterés y dejadez de la familia o bien de la falta de esfuerzo, atención y capacidad de la propia criatura. Es decir, se hacía una lectura hacia el exterior, hacia el otro, descargando toda la responsabilidad en el sujeto cuando los resultados no eran buenos, y demostrando la bondad del sistema cuando se daba el éxito.

Este enfoque, que la gran mayoría hemos vivido a lo largo de nuestra escolarización, está en la base del elevado número de abandono y fracaso escolar.

No deja de ser sorprendente que esta estructura de grupos homogéneos perviva a pesar de todo. La idea de un aula que está conformada por un conjunto de individuos con las mismas capacidades, intereses, estímulos, ambientes, familias, procesos… choca, una y otra vez, con la vivencia real de un aula. Bastan pocos momentos con una mirada abierta para apreciar que ese grupo no es real, que cada persona que lo compone es distinta, que su proceso vital, sus circunstancias, su edad, su predisposición, su realidad, su manera de estar, ser y aprendes es diferente. Y todos hemos comprobado, incluso como padres o madres, que hay planteamientos, enfoques y recursos que cada año dan distinto resultado, propuestas que un año funcionan al año siguiente no aportan nada, y al revés. Esto debería obligarnos a repensar nuestra propuesta para que sea la adecuada a cada momento en función de las circunstancias de cada clase y de las de sus componentes.

Otro aspecto a considerar es la evolución que nos muestra la lucha por rebajar el número de alumnos por aula. En la escolarización obligatoria se sigue reclamando que los grupos sean más reducidos para permitir otro tipo de dinámicas y funcionamiento. La disminución de ratios puede favorecer la comunicación y la atención individual, pero no resuelve el problema. Mi experiencia me enseña que no basta esa reducción para cambiar el enfoque. Cómo explicar que sesiones con desdoble del profesorado, con ratios de 10-12 alumnos, se dediquen a hacer una prueba escrita, una ficha única o un dictado. De nuevo nos encontramos con ese imaginario de la labor docente que consiste en dar tareas para que se realicen a la vez, en el mismo tiempo y en las mismas condiciones. Mientras que no se abandone ese imaginario, la ratio no deja de ser un tema secundario.

El cambio pasa por asumir una nueva idea de la vida escolar y de la actividad en el aula. No se trata de seguir pensando en la actividad escolar como una persona adulta de la que parten todas las relaciones y actividades, y que asume todas las interacciones que se van produciendo. Está poco ajustado el pensar que una persona pueda ser el centro de todas las interacciones y el nodo de todas ellas. No podemos seguir pensando en el aula como una persona adulta y un grupo pendiente y dependiente de su acción. El tiempo, la capacidad y los recursos no nos dan para ello. Sin embargo, con un cambio de mirada todo es diferente. En el aula no hay un adulto a cargo de la vida de todo su alumnado. En el aula hay un adulto y ventitantos niños y niñas. El adulto tiene que proponer, organizar, gestionar un medio que permita la interacción entre todos los asistentes y en todas direcciones. El adulto no puede pretender llegar a todos todo el tiempo, sin embargo, sí es viable que el grupo se autorregule y establezcan relaciones y actividades para todos sus componentes de forma interdependiente. No olvidemos que la mayor riqueza del grupo es la cantidad de recursos humanos que se encuentran en él. Si se aprovecha y se organiza, todo es posible.

Por otra parte, para que ese cambio de imaginario sea efectivo es necesario otro cambio fundamental: entender, asumir y poner en práctica que el trabajo docente no es una labor individual, sino de equipo. Debemos ir cambiando el referente. No nos sirve el esquema de un tutor y un grupo de alumnos encerrados en un aula. Hay que superar las barreras físicas y mentales. Es una labor grupal. Varias personas se hacen cargo de un grupo más numeroso de chicos y chicas que trabajan de forma coordinada y variable. Unas veces, será en un mismo espacio y en una actividad general, pero otras serán varias actividades diferentes que se engarzarán y se coordinarán para encontrar respuesta y medios para llevar a cabo su labor. Una veces un adulto puede estar con un gran grupo mientras que otro se dedica a un grupo reducido e incluso a una persona sola. Otras, el grupo estará inmerso en su actividad y los adultos estarán a disposición de las llamadas que reciba. Y en todo momento, dentro del grupo se producirán relaciones e interacciones entre el propio alumnado sin que sea necesaria la presencia de los adultos.

Si asumimos este referente cambiará nuestra perspectiva. La diversidad del grupo dejará de ser un inconveniente y una dificultad para convertirse en fuente de riqueza de intereses y de recursos para conseguir una dinámica de intercambio, de actividad, de construcción colectiva que es la base de los verdaderos aprendizajes.

Volviendo a mi sentimiento al acabar cada ciclo no puedo de dejar de recordar la envidia, en el buen sentido, que me provocaban algunas experiencias en escuelas rurales en las que cada año el grupo se modificaba al marcharse algunas personas e incorporarse otras nuevas. Eso permitía que la dinámica no se perdieses. Los antiguos acogían y guiaban durante los primeros momentos para que los nuevos fuesen incorporándose de forma natural. No se perdía ninguna dinámica, ningún recurso. Al contrario, cada vez el grupo era más rico, más capaz porque los avances que se producían cada año se incorporaban sobre lo anterior y jamás se perdía lo ya conseguido.

Además, la existencia de un grupo heterogéneo ayuda a que cambiemos nuestra perspectiva, nuestro enfoque. Nos facilita entender que no podemos ofrecer actividades cerradas de respuesta única, nos condiciona para que tengamos en cuenta la diversidad y entendamos de forma diferente nuestra función y nuestra razón de ser.

A partir de aquí, con este nuevo imaginario de qué es un aula y cuál es nuestra función se trata de ir avanzando. No será fácil, nos costará, podremos caer en ofrecer una actividad para cada edad, pero estaremos más abierto a reconsiderar nuestro rol y aceptar que el grupo es diverso, que nosotros no podemos cubrir todas las necesidades y que el número de alumnos no significa de forma prioritaria más trabajo y más demanda, sino mayor riqueza y mayores posibilidades de aumentar los recursos del grupo.

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2 respuestas a LOS GRUPOS HOMOGÉNEOS DE EDAD, HERENCIA DE OTRO MODELO SOCIAL Y DE OTRA VISIÓN DE ESCUELA

  1. Juan M. Delgado dijo:

    Muchas gracias por estas reflexiones, escritas desde la experiencia y la inquietud.

  2. Juan Fernandez Platero dijo:

    Muy interesante José. Hasta que no asumamos la necesidad de cambios radicales, la escuela será escolástica, individualista, injusta, reproductora: neoliberal.

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