En el 52 Congreso del MCEP, celebrado en Xàtiva, Roser Santolària coordinó un taller de títeres que acabó siendo mucho más que una actividad práctica. Entre cartón, pintura, pegamento y personajes que iban cobrando forma, se abrió un espacio para conversar, ayudarse, imaginar y aprender juntas y juntos. Pero, por encima de la técnica, quedó la oportunidad de compartir un tiempo con Roser, escucharla y descubrir su manera de acompañar: sin imponer, animando a probar, aceptando los resultados inesperados y confiando en las posibilidades de cada persona. Un pequeño taller que refleja una trayectoria de toda una vida haciendo escuela desde la cooperación.
Porque acercarse a Roser es encontrarse con una maestra que sigue haciendo escuela muchos años después de haber comenzado a ejercer. Una maestra que continúa experimentando, compartiendo lo que sabe, aprendiendo de los demás y militando en el MCEP. En ese taller, mientras construíamos títeres e imaginábamos las historias que podrían contar, aparecía con naturalidad una trayectoria de más de seis décadas de compromiso con la educación, la cultura y la escuela popular.
El taller fue, por supuesto, una oportunidad para aprender a construir un títere y pensar después en algún pequeño guion o representación. Pero probablemente lo más valioso fue algo que no estaba escrito en ningún programa: poder estar un rato con Roser, conversar con ella y compartir ese tiempo. Para quienes no pudieron estar allí, estas líneas quieren acercar un poco a esa Roser que quizá no conozcan: la maestra, la militante, la compañera y, sobre todo, la persona que sigue estando ahí, con la misma curiosidad y las mismas ganas de compartir.
Una maestra en tiempos difíciles
Roser Santolària pertenece a una generación de maestras y maestros que tuvo que reconstruir la escuela valenciana después de décadas de dictadura. Comenzó a ejercer muy joven, a los veinte años, y su primer destino fue, en 1961, la pequeña aldea de Sesga, en el Rincón de Ademuz.
Llegó allí cuando todavía no había carretera y tuvo que hacer parte del trayecto en mulo. Tenía veinte años, mucha ilusión por enseñar y también por conocer cosas nuevas. En aquella escuela había catorce niños y niñas, de edades comprendidas entre los cuatro y los catorce años. La luz era de carburo y quinqué de petróleo, y una estufa en el centro de la clase permitía combatir el frío.
Pero aquella primera escuela fue mucho más que enseñar a leer, escribir o hacer cuentas. Roser se integró en la vida de la comunidad. Trabajó con los niños y niñas, pero también con los jóvenes y las personas mayores. Hicieron teatro a la luz del carburo, aprendieron y cantaron la misa y participó en las fiestas del pueblo. Compartió la vida cotidiana de sus habitantes y fue recibida por ellos como una más.
Solo permaneció cinco meses en Sesga, pero aquella experiencia dejó una huella profunda. Muchos años después regresó primero con su familia y posteriormente junto a compañeros y compañeras del MCEP-PV. Pudo reencontrarse incluso con algunos de sus antiguos alumnos y alumnas. En su relato sobre aquella visita explica que, de todos los lugares en los que fue maestra, conserva un recuerdo especial de aquella primera escuela.
Quizá no sea casualidad. En Sesga aparece ya una característica que acompañará toda su trayectoria: la escuela entendida como algo que forma parte de la vida y de la comunidad, y no como un espacio separado de ella.
De la escuela franquista a la escuela popular
Aquella joven maestra terminaría formando parte de una generación que trabajó para recuperar una escuela diferente: popular, democrática y en valenciano.
Todavía durante la dictadura, Roser participó en la histórica Sección Pedagógica de Lo Rat Penat, donde coincidió con maestras y maestros fundamentales para la renovación de la escuela valenciana, como Carme Miquel, Ferran Zurriaga, Adela Costa y Tere Pitxer.
En 1974, aquella sección se transformó en la Asociación para la Correspondencia y la Imprenta en la Escuela (ACIES), de la que Roser fue presidenta. Posteriormente, aquella experiencia desembocaría en el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular del País Valencià y, en el ámbito estatal, en el MCEP.
Su trayectoria forma parte, por tanto, de los primeros pasos de una organización que hoy continúa reuniendo a maestras y maestros comprometidos con la pedagogía Freinet.
Pero su historia no puede reducirse a una sucesión de fechas, cargos y organizaciones. Lo verdaderamente importante es aquello que hay detrás: una manera de entender la educación y una forma de vivir el compromiso con la escuela.
Una manera de entender la educación
Roser resume de una manera muy sencilla los principios que han guiado su trabajo: «La cooperación y el Espíritu Crítico son las ideas fuerza con las que he trabajado».
Y después enumera algunas de las técnicas que ha utilizado a lo largo de su trayectoria: el texto libre, la imprenta, la correspondencia, el cálculo vivo, el estudio del medio, la asamblea de clase, las artes plásticas, la danza, el teatro…
No es una enumeración de técnicas aprendidas en un curso y aplicadas posteriormente. En su caso forman parte de una experiencia educativa construida durante décadas y compartida con otras personas.
Ella misma lo expresa con una frase especialmente significativa: «Todo esto lo he aprendido en compañía. ¡Cómo agradezco esta compañía!».
Ahí aparece una de las claves de su trayectoria. Roser no entiende la educación ni el aprendizaje como una tarea individual. Ha aprendido junto a otras maestras y maestros, en grupos de trabajo, reuniones, simposios, congresos y escuelas de verano. Ha compartido experiencias en el MCEP-PV y en el MCEP estatal, y también en encuentros del movimiento Freinet internacional, participando en actividades del ICEM en Francia, Italia y Portugal.
Y continúa aprendiendo.
Porque quizá una de las características que mejor definen a Roser sea precisamente esa capacidad de seguir teniendo curiosidad, de seguir preparándose y de seguir reaprendiendo. En su currículum lo dice con naturalidad: «Siempre he tenido que prepararme y volver a aprender».
Un taller de títeres, una manera de hacer escuela
Quizá sea precisamente en el taller de títeres de Xàtiva donde mejor pudimos comprobar que todo esto no pertenece únicamente al pasado. En el 52 Congreso del MCEP, celebrado en Xàtiva, Roser coordinó un taller de títeres. A primera vista, una actividad más dentro del amplio programa del Congreso. Pero quienes participamos pudimos comprobar que, con Roser, un taller acaba siendo siempre algo más que aprender una técnica.
Había que construir los títeres, unir piezas, pegar, pintar, arreglar algún defecto y dejar que cada uno fuera tomando su propia forma. Y, mientras tanto, conversar, ayudarse y pensar qué historia podrían contar después aquellos personajes.
Roser iba de un lado para otro, acompañando el trabajo y dando indicaciones, pero sin convertir el taller en una clase en la que alguien sabe y los demás siguen instrucciones. Si dos personas podían colaborar para construir un títere, mejor. Una podía sujetar mientras la otra colocaba la tira. Si algo no quedaba como se había pensado, tampoco pasaba nada.
De hecho, Roser tenía una manera muy particular de hablar de esos resultados inesperados. Algunos títeres se habían convertido en «monstruitos». Y, en lugar de esconder el error o empezar de nuevo, proponía ponerles «todo el cariño del mundo» y buscar la manera de arreglarlos.
Porque quizá ahí estaba una de las enseñanzas del taller: no todo tiene que salir perfecto para que pueda convertirse en algo valioso.
Uno de aquellos personajes era un árbol parlante. Otro había acabado teniendo un aspecto casi picassiano. Y de esos árboles podía surgir una historia: tres árboles que hablaban sobre el estrés, el cambio climático, los incendios, el bosque mediterráneo… Los títeres no eran solamente objetos que había que fabricar. Eran personajes que podían empezar a contar historias.
La conversación iba pasando así de la técnica a la imaginación y de la imaginación a la realidad. Un árbol al que se le ha secado una parte puede hablar del cambio climático. Un bosque que se quema puede convertirse en una historia. Un personaje extraño puede acabar teniendo nombre, personalidad y algo que decir.
Y, entre pegamento, cartón, pintura y conversaciones, aparecía también otra idea que Roser formulaba con absoluta naturalidad cuando hablaba de los alumnos: «El alumno ha de superar al maestro».
No hay en esa frase ninguna pose. Es, más bien, una declaración de principios. Si el alumno no termina superando al maestro, ¿para qué enseñar?
Quizá por eso resulta tan coherente que Roser siga aprendiendo y compartiendo después de tantos años. Su manera de enseñar no parece partir de la necesidad de demostrar lo que sabe, sino de conseguir que lo que ella sabe sirva para que otras personas hagan algo propio.
Y eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en este taller de Xàtiva.
Mientras construíamos los títeres, Roser no solo enseñaba cómo hacerlos. Nos acompañaba para que pudiéramos hacerlos nuestros. Y dejaba abierta la puerta a lo que podía venir después: inventar una historia, escribir un pequeño guion, representar con aquellos personajes.
Como en tantas propuestas de la pedagogía Freinet, el proceso no terminaba cuando se acababa la tarea. El títere podía ser el comienzo de otra cosa.
Quizá por eso, cuando uno piensa en este taller, recuerda menos la técnica concreta que utilizamos para fabricar los títeres y más la manera en que Roser estaba allí: ayudando, preguntando, sugiriendo, riéndose de sus propios «monstruitos», descubriendo posibilidades en aquello que otros habían hecho y animándonos a continuar.
Una manera de estar que tiene mucho que ver con la maestra que ha sido siempre.
Y también con la persona que sigue siendo.
Porque después de tantos años, Roser continúa haciendo algo que ha hecho durante toda su trayectoria: poner sus conocimientos y su experiencia al servicio de los demás, aprender con ellos y confiar en que cada persona puede ir un poco más lejos.
Incluso cuando el resultado inicial parece un «monstruito».
Especialmente entonces.
Una trayectoria que no se acaba en la escuela
Su compromiso tampoco se ha limitado al ámbito educativo. Roser cuenta que en casi todos los lugares donde ha estado se ha implicado en movimientos sociales, culturales, reivindicativos y políticos.
Cuando llegó a Bonrepòs i Mirambell, hace ya décadas, participó en la creación de una asociación cultural que hoy se llama Macarella y en la que todavía participa. Cada año interviene en el recital poético de Navidad.
También continúa formando parte del MCEP-PV y participa en el grupo de teatro de Bonrepòs i Mirambell y en el grupo de Jota de Alcublas, su pueblo.
Y es precisamente esa mezcla de compromiso, curiosidad y capacidad para participar en ámbitos muy diferentes la que hace especialmente cercana a Roser. Ella misma lo resume con humor al final de su currículum: «Tasta olletes sí que ho sóc, de veritat».
Quizá no haya mejor manera de describir a alguien que nunca ha dejado de probar, aprender, participar y compartir.
Una memoria que sigue viva
Roser también es memoria. Memoria de una escuela que tuvo que sobrevivir a la dictadura, de una lengua que durante demasiado tiempo estuvo ausente de las aulas, de maestras y maestros que trabajaron para recuperar una escuela valenciana diferente y de los primeros años de la pedagogía Freinet organizada en nuestro país.
Pero su memoria no es una pieza de museo.
El propio MCEP-PV sigue recuperando y compartiendo experiencias de su trayectoria. En 2025, por ejemplo, Roser escribió sobre sus primeras experiencias de correspondencia escolar, que comenzaron a finales de los años sesenta, cuando trabajaba en Mislata, y sobre cómo aquella práctica estaba vinculada a la cooperación, una idea que consideraban fundamental para transformar la escuela.
Y en 2026, mientras se preparaba el Congreso de Xàtiva, sus compañeras y compañeros seguían contando con sus aportaciones y recuperando materiales de aquellas experiencias de hace décadas. Entre ellos, trabajos realizados por sus antiguas alumnas de Mislata medio siglo atrás.
Hablar con Roser es escuchar esa memoria en primera persona.
Pero no es una memoria encerrada en el pasado. Roser no habla de aquellos años desde la nostalgia, sino desde una experiencia que continúa proyectándose sobre el presente.
Por eso resulta tan significativo encontrársela hoy en un Congreso del MCEP coordinando un taller de títeres. Después de tantos años de escuela, de reuniones, de congresos, de escuelas de verano, de grupos de trabajo y de compromiso, ahí sigue: preparando un taller, haciendo títeres, pensando en pequeñas historias que después puedan convertirse en una representación y, sobre todo, compartiendo.
Seguir estando ahí
Quizá esa sea una de las mejores formas de entender la trayectoria de Roser.
No solo fue una de las personas que ayudaron a construir el MCEP. No solo forma parte de su historia. Sigue estando ahí.
Y esa diferencia es importante.
Porque hay una memoria que se conserva y otra que se transmite. Hay personas que dejaron una huella y otras que continúan caminando para que esa huella no se detenga.
Roser pertenece a estas últimas.
Después de una vida dedicada a la enseñanza, continúa participando en el MCEP, compartiendo experiencias, recuperando la memoria de la escuela, aprendiendo cosas nuevas y ofreciendo a quienes vienen detrás aquello que ha ido acumulando durante décadas.
En Xàtiva lo hizo construyendo títeres.
Nos enseñó a unir piezas, a pegar, a pintar y a buscar soluciones cuando algo no salía como esperábamos. Nos enseñó también que un resultado inesperado puede convertirse en una oportunidad, que un «monstruito» merece cariño y que de un árbol con una rama seca puede nacer una historia.
Y, quizá sin proponérselo, volvió a enseñarnos algo que lleva toda una vida defendiendo: que aprender es hacerlo con otras personas, que la cooperación nos hace avanzar y que el maestro debe trabajar para que quienes aprenden puedan llegar más lejos que él.
Para quienes ya conocemos a Roser, encontrarnos con ella siempre es una oportunidad para aprender algo, recordar a quienes nos precedieron y conversar sin prisa.
Para quienes todavía no han tenido esa oportunidad, sirvan estas líneas como una invitación a conocerla.
Porque detrás de aquel taller de títeres de Xàtiva había mucho más que una actividad del programa.
Había una maestra.
Una mujer que lleva toda una vida haciendo escuela.
Y que, después de tantos años, sigue teniendo ganas de aprender, de enseñar, de compartir y de seguir haciendo camino con nosotros.
Incansable y comprometida.
Como siempre.