Algunas personas llegan a la pedagogía Freinet después de leer a Célestín Freinet, de asistir a un curso o de conocer el trabajo de otros docentes. El recorrido de Xusa Alemany fue exactamente el contrario. Primero vivió esa manera de hacer escuela y solo muchos años después descubrió que tenía un nombre. En esta conversación reconstruye un itinerario que comienza en un aula de Primaria y termina en la convicción de que hay experiencias educativas capaces de acompañarnos toda la vida.
La escuela que parecía lo normal
Cuando Xusa Alemany recuerda sus primeros años de escuela no habla de una experiencia excepcional. Al contrario. Durante mucho tiempo creyó que todas las aulas funcionaban como la suya. Era una niña de seis años que llegaba cada mañana a la clase de Roser Santolaria convencida de que aquello era, sencillamente, la escuela. No había razones para pensar otra cosa. Solo con el paso de los años comprendería que aquella forma de aprender, de convivir y de organizar la vida de la clase era muy distinta de la que predominaba en otros lugares.
Quizá por eso sus recuerdos conservan una frescura poco habitual. No están construidos desde la nostalgia ni desde la teoría. Son los recuerdos de alguien que vivió aquella experiencia sin necesidad de ponerle nombre. Los libros de texto no ocupaban el centro del aprendizaje. El trabajo comenzaba cada día siguiendo un horario flexible que dejaba espacio para que la actividad de la clase encontrara su propio ritmo. Los viernes estaban dedicados al teatro, la imprenta, el guiñol o los talleres. Los textos libres nacían porque había historias que contar y se leían en voz alta antes de corregirse y compartirse con el grupo. Nada de aquello parecía extraordinario. Era, simplemente, la manera en que funcionaba la escuela.
Con el tiempo, algunos de aquellos recuerdos han adquirido un significado nuevo. Los llamados «títulos», por ejemplo, exigían investigar un tema elegido por cada alumno, reunir información, preparar un trabajo y presentarlo ante los compañeros, que valoraban si el proceso realizado era suficiente para obtener el reconocimiento correspondiente. Entonces era un juego serio, una forma de aprender que aceptaban con naturalidad. Hoy, cuando vuelve sobre aquella experiencia, Xusa reconoce la enorme exigencia intelectual que implicaban aquellas investigaciones y la confianza que depositaban en la capacidad del alumnado para asumir responsabilidades reales.
La realidad más cercana también formaba parte de la escuela. El colegio estaba rodeado por la huerta y ese entorno se convertía continuamente en fuente de preguntas. Entrevistar a un agricultor para comprender el cultivo de la chufa, recorrer los caminos próximos al centro o transformar todo ese trabajo en pequeños libros elaborados por la propia clase no eran actividades aisladas. Eran una forma de relacionarse con el mundo. Aprender significaba mirar con atención aquello que ocurría alrededor y devolverlo convertido en conocimiento compartido.
La misma lógica atravesaba la correspondencia escolar. Cada curso mantenían relación con otro centro y aquellas cartas daban sentido a la escritura porque siempre había alguien esperando al otro lado. En el caso de Xusa, aquella experiencia fue mucho más allá de los años de escuela. La relación con la compañera con la que comenzó a cartearse en un colegio de Gátova continuó durante mucho tiempo, hasta el punto de acompañarlas también en la vida adulta. La correspondencia dejaba de ser un ejercicio escolar para convertirse en una forma auténtica de encuentro entre personas.
Pero si hay un recuerdo que atraviesa toda la conversación es la manera en que aquella clase entendía la vida colectiva. La participación no aparecía como un objetivo educativo que hubiera que enseñar expresamente; era el modo habitual de organizarse. La asamblea formaba parte de la rutina de la clase. El panel de «Yo critico, yo propongo, yo felicito» ayudaba a expresar conflictos, formular propuestas y reconocer aquello que merecía ser valorado. Existía un delegado encargado de moderar los turnos de palabra y muchas decisiones se tomaban entre todos. Roser permanecía siempre presente, guiando el proceso sin ocupar todo el espacio. Xusa la recuerda como un faro: alguien que orientaba sin impedir que el grupo aprendiera también a autogestionarse.
Nada de aquello se vivía como una metodología. Era la escuela. Y precisamente por eso el paso al instituto resultó menos difícil de lo que podría imaginarse. Al incorporarse a una enseñanza mucho más tradicional, basada en asignaturas, exámenes y una organización diferente, tanto ella como muchos de sus compañeros descubrieron que poseían recursos que ni siquiera sabían que habían adquirido. Se adaptaron con naturalidad porque habían aprendido a investigar, a expresarse, a trabajar con otros y a asumir responsabilidades sobre su propio aprendizaje. La diferencia entre ambas etapas solo se hizo visible cuando dejaron de compartirlas.
Durante años, aquellos recuerdos permanecieron donde suelen permanecer los recuerdos de infancia: en un lugar íntimo, sin necesidad de demasiadas explicaciones. Xusa sabía que había tenido una buena maestra y que había disfrutado de una escuela donde aprender resultaba apasionante. Lo que todavía no sabía era que aquella experiencia formaba parte de una tradición pedagógica que seguía viva mucho más allá de las paredes de su colegio.
Cuando aquella escuela encontró un nombre
Pasaron los años, llegaron los estudios universitarios y, finalmente, la docencia. Como ocurre con muchos maestros y maestras, la experiencia escolar que había vivido permanecía en un segundo plano. Formaba parte de su manera de entender la educación, aunque todavía no se hubiera detenido a pensar de dónde procedían muchas de sus convicciones. Enseñar era ya una realidad cotidiana, pero seguía sin poner nombre a aquella forma de hacer escuela que la había acompañado desde la infancia.
Al conversar con Roser Santolaria sobre su trabajo como profesora, Xusa le confesó que le gustaría conseguir con su alumnado algo parecido a lo que ella misma había vivido de niña. No hablaba de reproducir unas actividades concretas ni de recuperar una escuela idealizada. Lo que echaba de menos era una manera de aprender en la que la participación, la investigación y la vida del grupo formaban parte de la experiencia cotidiana. Fue entonces cuando Roser le habló del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular y de la pedagogía Freinet, del que ella fue fundadora y con el que mantenía contactos y militancia.
La invitación para participar en la RIDEF celebrada en León terminó de completar ese descubrimiento. Allí ocurrió algo que resulta difícil explicar si no se ha vivido. Más que encontrarse con una metodología nueva, tuvo la sensación de reconocer un paisaje conocido. Las conversaciones, las prácticas compartidas y la manera de hablar de la escuela le devolvían continuamente a aquel aula de su infancia. La pedagogía Freinet dejaba de ser una referencia leída en un libro para convertirse en la explicación de algo que llevaba muchos años formando parte de su propia historia.
En la entrevista utiliza una expresión especialmente reveladora para describir ese proceso: quienes habían pasado por una escuela como aquella «jugaban con ventaja». No porque supieran más que los demás, sino porque habían vivido desde dentro una forma de aprender que ahora otros intentaban construir conscientemente. La diferencia entre conocer una propuesta pedagógica y haber crecido en ella era, para Xusa, decisiva. Hay aprendizajes que pueden explicarse; otros solo llegan a comprenderse cuando se han experimentado.
Ese reconocimiento también transformó su manera de entender el propio Movimiento. El MCEP dejó de ser únicamente un espacio de formación para convertirse en una comunidad donde las experiencias circulaban de unas aulas a otras, donde las preguntas se compartían y donde la práctica cotidiana encontraba siempre un lugar para ser pensada colectivamente. Aquella cooperación que había conocido como alumna también existía entre los docentes. No era una organización dedicada a transmitir unas técnicas, sino una red de personas que seguían construyendo escuela desde la experiencia compartida.
Llevar aquella experiencia a la Educación Secundaria
Cuando comenzó a impartir Filosofía en Educación Secundaria, la pregunta apareció de forma casi inevitable: ¿era posible trasladar esa manera de entender el aprendizaje a un contexto tan diferente? Las edades habían cambiado, las materias tenían otra organización y los institutos respondían a una estructura mucho más rígida que la escuela donde ella había estudiado. Sin embargo, la cuestión de fondo seguía siendo la misma: cómo conseguir que el alumnado participara de verdad en la construcción de su propio aprendizaje.
La respuesta nunca fue copiar lo que había vivido de niña. Xusa insiste en que las técnicas solo tienen sentido cuando responden a las necesidades reales del grupo y del contexto. Por eso, cada experiencia fue encontrando su propia forma. La asamblea siguió siendo un espacio fundamental para organizar la vida de la clase y tomar decisiones compartidas. Los planes de trabajo ayudaban al alumnado a aprender a gestionar su tiempo y asumir responsabilidades. La correspondencia con un centro de personas mayores abría una oportunidad para escribir con un destinatario real, recuperando el sentido comunicativo que ya había descubierto en la escuela de Roser. La revista escolar, los proyectos y otras propuestas nacían siempre de la misma convicción: el aprendizaje resulta más profundo cuando tiene una finalidad que trasciende el propio aula.
Lejos de presentar una imagen idealizada de la práctica docente, lo que nos cuenta Xusa también deja espacio para las dificultades. La autonomía no aparece de manera espontánea. Requiere tiempo, acompañamiento y una confianza que muchas veces contrasta con la cultura escolar dominante. Sin embargo, la experiencia le confirma una y otra vez que el alumnado responde cuando percibe que su participación tiene consecuencias reales y que las decisiones compartidas forman parte del funcionamiento cotidiano de la clase.
Xusa apenas habla de las técnicas como un conjunto de recursos que haya que aplicar. Las menciona porque forman parte de su práctica cotidiana, pero siempre aparecen ligadas a una idea mucho más profunda: la escuela cobra sentido cuando el alumnado participa en la construcción de su propio aprendizaje y cuando la vida del aula se abre al mundo que la rodea. Esa mirada, más que un método, es una manera de entender la educación.
Poco a poco, Xusa fue descubriendo que aquello que había aprendido durante su infancia no consistía en un repertorio de actividades, sino en una manera de situarse ante la educación. Las técnicas podían cambiar. El contexto también. Lo que permanecía era la convicción de que aprender implica investigar, dialogar, crear, asumir responsabilidades y formar parte de una comunidad donde cada persona tiene algo valioso que aportar.
La escuela continúa en quienes la hacen posible
El vínculo de Xusa con el movimiento no se ha limitado a su experiencia personal en el aula. Xusa comprendió que esta experiencia responde a una determinada forma de entender la educación, construida colectivamente por muchas personas antes que ella y mantenida viva por otras muchas después. La pedagogía Freinet no se transmite únicamente de generación en generación dentro de las aulas; necesita comunidades de docentes capaces de encontrarse, compartir sus prácticas y seguir investigando juntas.
Con el tiempo, junto a Rosella, hija de Roser Santolaria, Xusa decidió impulsar de nuevo la presencia del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular en el País Valencià. El grupo existente apenas mantenía actividad y estaba formado, en su mayoría, por maestras y maestros ya jubilados. La intención no era crear una nueva estructura, sino volver a generar un espacio vivo de encuentro, formación e intercambio entre docentes en activo. La recuperación del grupo MCEP del País Valencià forma parte de ese mismo impulso: crear las condiciones para que una determinada manera de entender la escuela pueda seguir creciendo, incorporando nuevas voces, nuevas preguntas y nuevas experiencias.
En muy poco tiempo consiguieron reunir a un grupo de maestras y maestros de diferentes etapas educativas y recuperar el espíritu cooperativo que había dado sentido al movimiento desde sus orígenes. En estos espacios se encuentran docentes que comparten preguntas, intercambian experiencias, analizan las dificultades de la práctica diaria y siguen construyendo colectivamente una escuela donde la cooperación ocupa un lugar central. La pedagogía deja así de entenderse como un conjunto de respuestas cerradas para convertirse en una búsqueda permanente que se alimenta del diálogo y de la experiencia compartida.
Esa es, probablemente, una de las fortalezas del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular: mantener vivo un espacio donde las experiencias no se guardan como patrimonio del pasado, sino que continúan transformándose cuando se comparten. La pedagogía Freinet no se transmite únicamente a través de los libros o de las técnicas. Se transmite, sobre todo, de unas personas a otras, de unas aulas a otras y de unas generaciones de maestras y maestros a las siguientes.
Esta entrevista fue realizada durante el 52 Congreso del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular, celebrado en Xàtiva. Como en cada encuentro del MCEP, el congreso constituye un espacio para compartir experiencias, contrastar prácticas y seguir alimentando una forma de entender la educación que se construye desde las aulas.