MCEP -IMAGEN POÉTICA-18

 

“Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas» Antonio Machado.

Mi  abuelo

Mi abuelo fue un  hombre de muchas letras y pocas palabras.
Mi abuelo nació para despedir al siglo XIX, un caluroso agosto en Navas de San Juan, en Jaén, entre olivos, aceites y pocos paños calientes.
Mi abuelo tenía bolsillos, miradas…
Mi abuelo tuvo, durante toda su vida, una abuela: María. Una abuela que le llevó de la mano desde bien pequeño, cuando su madre murió siendo él muy chico , mientras su padre se iba cuidar los  campos y los olivos para darle de comer. A su abuela la  metió en uno de los bolsillos del chaleco, el más cercano a mi corazón,  cuando ella se fue de su lado para siempre. Eso dicen. Pero yo le he visto muchos días sacar del bolsillo la imagen de su abuela, y darle el último beso del día y las últimas buenas noches; y coger la foto de la mesilla y darle el primer beso y los primeros buenos días, aunque a su lado tuviera a Consuelo, el amor de su vida, o a cualquiera de los retoños que fueron llegando.María cuidó a su nieto como cuidan esas mujeres llenas de fuerza y cobijo que guardan en su mandil  todo lo que necesita un niño. Le insistió tanto en que leyera y estudiara, que mi abuelito pronto se llenó de libros y se escondía debajo de la cama con una vela mientras a lo lejos se oía la voz de algún mayor decirle : “¡Neneeeee, vete al campo y deja ya los libros que te va a dar algo de tanto leer!”
Pero  a mí abuelo sólo le dieron  ganas de hacerse maestro. Su abuela María le insistía: Estudia y aprende, que dicen en la escuela que vales para los libros.
Y un día se fue lejos del pueblo. Lejos, lejos. Llegó a Granada.  Ya fumaba y seguía leyendo. En la pensión que vivía, en aquella calle estrecha de Granada (que su abuela le pagaba y le decía si suspendes sigue, que para ese he guardado los ahorros), salía  a fumar al balcón. Del balcón de al lado, cuando estaba abierto, salían risas, cantes, jaleo y mucho bullicio. Una mañana se asomó una mujer. Se miraron entre el humo del cigarro que acababa de liar. Era la abuelita Consuelo. Ahí empezó su historia de amor y alguna parte de la nuestra, de quienes vinimos después.

Siendo bachiller, mi abuelo, fue alumno de Machado en Baeza. Con Machado puedo seguir  hablando de su vida.
Mi abuelo sentado en su sillón y lleno de silencios, Converso con el hombre que siempre va conmigo.
A veces su tos le delataba y te hacía llegar los dolores que algún día le ahogaron, porque había en su historia, algunos casos que recordar no quiero.
Cuando te mostraba el camino, y no te dejaba andar por las nubes Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura.

Recuerdo ese andar suyo  que le llevaba a la escuela, donde más de 70 niños de todas las edades se distribuían en otras tantas sillas o pupitres. Y yo, a veces, a su lado. Y entraba  esa madre y le decía: Don Nicolás, que ayer no corrigió el cuaderno der nene, y así no va a aprender. Y él contestaba, según aparece en un rincón de mi emoción: Mírelo usted mañana, Doña Francisca. Un día sí y un día no. Pero vaya tranquila que ya me ocupo yo. ¡Bastantes quehaceres tiene usted ya! O le pedía permiso a Machado  y decía Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas.
Él quería que los hombres y mujeres no se arrastraran. Nos quería sabios, dignos y autónomos. (Hablo más de hombres porque en aquel entonces las escuelas no eran mixtas y las mujeres pronto dejaban de ir, al menos en su pueblo). Y como Machado decía: También quiero recordaros algo que saben muy bien los niños pequeñitos y olvidamos los hombres con demasiada frecuencia: que es más difícil andar en dos pies que caer en cuatro.
Recuerdo las tardes, cuando a la puerta de su casa, a la fresca, se sentaban hombres del campo a aprender a leer. Yo aprendí con ellos. El maestro nos hacía un dictado, muchos dictados. Y sin que lo supiéramos ni él ni yo, me ayudaba a enseñarles a aprender, a leer con dos “es”, que se lee mejor que con una. Y cuando se despedían entre cuadernos y aperos, me miraba y me decía, también con Machado Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos. ( entonces no entendía mucho)
Para mi abuelito, el valor de una persona  se definía así: por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.
Con él me sentía vista, querida, amada. Nos hacían falta pocas palabras. En caso de vida o muerte se debe estar con el más prójimo. Siempre pensaba en los demás.

De mi abuelo recuerdo muchos  más momentos:
Cuando de sus bolsillos sacaba almendras fritas envueltas en una servilleta grasienta y te calmaba el hambre o la lágrima.
Cuando miraba  el reloj de pulsera y sabías, sin que te dijera nada,  que era la hora de hacer algo.
Cuando se sentaba en su mecedora a mecer quién sabe qué, quién sabe a quién.
Cuando caminaba con la espalda algo agachada, y las manos entrelazadas en su espalda, pensado, o yendo a tomar su café a La Peña, donde sólo entraban hombres.
Cuando gastaba su escasa paga de maestro de antaño en llenar su bidón azul de aceite de oliva  para suavizarnos la vida.
Cuando sacaba su voz profunda y carrasposa y te decía ¡Ay niña! en apenas un suspiro.
Cuando pasaba las navidades en Madrid con la abuelita y toda nuestra tropa, y se iba a la tienda y nos traía manjares (en aquellos tiempos en que un manjar  era una lata de atún, una tableta de chocolate o un plátano) y mi padre o mi madre o tía Juli le preguntaban que cuánto le había costado y él contestaba: Me lo ha regalado Florentino.
Cuando se sentó a llorar en la escalera al morir mi tío Pepe muy joven, dejando a mis tres primos pequeños con su enorme madre, Tía Cloti, mientras sollozaba y decía que porqué no se lo habían llevado a él.
Cuando le homenajearon en su pueblo al jubilarse  a los 70 y muchos, y montones de hombres y mujeres del campo y de otros muchos lugares, le agradecieron de mil maneras que hubiera sido su maestro y que lo siguiera siendo. Un hombre bueno fue Don Nicolás: El bueno es el que guarda, cual venta del camino, para el sediento el agua, para el borracho el vino. Supo dar a cada quien lo que él sintió que necesitaba. Como hizo con él su abuela.
Cuando se murió la abuelita y sin moverse de la hamaca le susurraba: ¡Qué solo me has dejado, Consuelo!  Y le siguieron creciendo sus suspiros a horas y a deshoras.
Cuando nos paseaba por La Estrella en la Romería del 1 de Mayo, y luego nos sentábamos a comer debajo del chaparro.
Y recuerdo sus cuidados en mis tropezones vitales, sin apenas hablar. Y recuerdo sus gafas humedecidas cuando se iba a algunos de lugares que conocí años más tarde cuando me los  contó mi abuelita.
Y recuerdo sus silencios, sus gomas de borrar y sus lapiceros. ¡Ay  que se me olvidaba la navajilla! También la llevaba en sus bolsillos. Con ella hacía de todo lo humano. Cortaba pan para repartir en nuestras comidas; afilaba sus  lápices para escribir y que escribiéramos; partía esos huevos fritos con puntillita y flotando en aceite de oliva, que siempre comía a mediodía con su botellín de cerveza; o partía el pan que echaba a su huevo pasado por agua que siempre cenaba; o abría las cartas que le llegaban de sus hijas, de su hijo, de sus nietos y nietas; o despegaba las hojas de los montones de libros de escuela y de vida que tenía en sus armarios y que hoy están repartidos  por nuestras casas. Algunos siguen allí, para que olamos el paso del tiempo.
Recuerdo cuando dejó de fumar sus miles de cigarrillos, con más de ochenta años,  porque se lo había dicho el médico. Así, sin quejarse,  porque tocaba, como le habían tocado otras cosas.
Recuerdo cómo nos cuidó (como hizo su abuela con él) cuando la maternidad me llegó mientras me hacía maestra. Siempre tenía algún chorizo de pueblo, alguna verdura fresca, algún huevo navero que me hacía llegar también sin que nadie se entere, Lupe.
Recuerdo su Paciencia, hija, paciencia que muchos años más tarde,  mis alumnos y alumnas respondían casi al unísono (mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón) cuando les preguntaba: ¿Qué decía mi abuelito?
Recuerdo cuando me contaba que se sentía el hombre de la casa viviendo con mi gran tía y sus tres grandes hijos, ya mayores.
Recuerdo las fiestas de su pueblo y las reuniones familiares sentado en su sillón. Nunca le oí cantar, ni le vi bailar. Tampoco hizo falta. Sus pies y su voz los utilizaba para otras artes. ¡Qué bien supieron amarse mi abuelo y mi abuela cada uno en su ser, desde aquel día en que se cruzaron sus miradas en los balcones!

Yo era porque él me reconocía. Como mi abuelita. Hoy creo que soy mejor abuela porque  intento reflejar en el amor a mis nietas y mi nieto lo que aprendí con sus cuidados. Sé que lo hago a mi manera. En el aquí y ahora, que en estos días es mucho más aquí y mucho más ahora que hace un mes.

Nuestro abuelo Nicolás murió cuando sintió que ya no le necesitábamos, con 92 años  y dando clase a las bombonas de oxígeno que había en la habitación del hospital, cual si fueran molinos de viento de El Quijote, otro de los libros que yo conocí a través de sus ojos y con el que también  le podría haber hecho este relato.
Revivo su viaje último de vuelta  para enterrarle en  Las Navas. Iba con tía Juli y mi primo Fede, conteniendo las risas y llantos como en tantos momentos importantes de mi vida.
Él, como su maestro Machado,  sabía que deseaba morir sin llamar la atención de nadie; que su muerte pasase completamente inadvertida. Un mutis bien hecho –añadía aquel buen farsante– no debe hacerse aplaudir. Él sabía que Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos…
Él sabía, también,  que nada trajimos; nada llevaremos. Y sin embargo nos  trajo un mundo más bonito y se llevó mucho amor en sus bolsillos, ya sin tiempo ni relojes de pulsera, pero todavía con su abuela en ellos.
Él nunca persiguió la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres su canción.
Y, sin embargo,  dejó muchos hombres y mujeres, de los pueblos donde ejerció  su oficio de maestro, con la posibilidad de poder ser dueños y dueñas  de sus vidas, como había hecho su abuela con él.

Cuando vuelvo por el pueblo, paseo por la Avenida y duermo en su casa, hoy de Tía Juli, o paseo por la explanada de La Estrella y veo el chaparro, o miro la que fue su escuela, A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una: la voz ronca , grave, acogedora, maestra de mi abuelo Nicolás  y, allá entre los pupitres de la escuela  todavía veo la figura de nuestro abuelo que fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Abuelito, yo también te llevo a ti y a la abuelita, en el bolsillo del chaleco del lado izquierdo, el que está más cerca del corazón. Como tú llevabas  a tu abuela María. Te quiero abuelito Nicolás.
Gracias por ser ese filósofo callado, con la sabiduría y el estar de los sabios y sabias de tantos pueblos y lugares de nuestro mundo.
Dedicado a nuestro abuelo Nicolás y a todos los abuelos de nuestras vidas.
Dedicado, también tía Cloti y tía Juli que sé que lo van a leer.
PD: Curiosamente la vida hace 18 meses, me regaló otro Nicolás: mi nieto.

Desde Huelva, pas(e)ando por Sevilla, algún lugar de Jaén, Granada y Madrid.
Y volviendo  a ti.
Gracias por tu bella imagen, M.Jesús Feria.
Gracias Antonio Machado por tantas palabras.
Gracias a todas las abuelas y todos los abuelos que nos rondan o rondaron en los corazones o/y  en los bolsillos

LupeMcepMadrid

 

 

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2 respuestas a MCEP -IMAGEN POÉTICA-18

  1. Tania y Nicolás dijo:

    Dicen que decía «lo único que podemos hacer en esta vida es corregirnos». Seamos mejores. No demos nada por hecho. Procuremos estar abiertos a lo que,de a poquito, la vida y sus gentes (y sus mares y sus aves y sus cielos…) nos enseñan. Desistamos del «yo soy así» (o asá…). Y esperemos con fé (más humana que divina) que haya maestr@s como él, hombres y mujeres como él de los que aprender, de los que acompañarse.

    (También tenía en los bolsillos caramelos de eucalipto)

  2. Precio dijo:

    ¡Qué emotivo! Y oportuno en este momento en que los intereses económicos, la privatización y el mercantilismo de los servicios sociales para personas dependientes… han llevado a sumar al abandono más absoluto de los mayores en las Residencias de mayores, una terrible mortandad en la más absoluta soledad. Difícilmente se me ocurre una muerte más terrible.

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