Dinámic(t)a en el aula

¿Qué hace que un aula cobre vida? ¿Qué ocurre cuando el aula deja de ser del maestro y pasa a ser de todos? ¿Y si la disciplina no fuera el punto de partida? ¿Puede una clase funcionar sin castigos ni normas impuestas? ¿Dónde nace el respeto? ¿Cómo se construye la autoridad en una escuela viva? ¿Qué aprendemos cuando dejamos que los niños y niñas tomen la palabra? ¿Podemos aprender a convivir mientras aprendemos a ser?

Dinamic(t)a en el aula

En el capítulo “Dinámic(t)a en el aula” de El li(br)o de Un maestro algo fre(i)nético. Aprendizaje, educación y escuela. Vivencias y reflexiones”,  José Luis Alonso comparte su largo camino de búsqueda para dar vida al aula: una reflexión profunda sobre la autoridad, la convivencia, la autonomía y el sentido de aprender juntos. Desde la duda y la experiencia, va descubriendo cómo una clase puede transformarse en una comunidad viva, cooperativa y respetuosa con la infancia.

 

Desde los primeros años de su carrera, José Luis confiesa haber vivido la relación con el grupo como un campo de batalla interior. Su manera de entender la autoridad, marcada por lecturas de A. S. Neil, Ivan Illich y Célestin Freinet, le llevó a poner el acento en los derechos de la infancia por encima de cualquier imposición. “El niño, la niña, tiene derecho a no hacer lo que yo propongo”, recuerda. Esa convicción, profundamente respetuosa con la libertad individual, chocaba sin embargo con la realidad cotidiana del aula. La búsqueda de una relación equilibrada entre autonomía y responsabilidad le llevó a vivir años de conflicto, de grupos que “saltaban por los aires” y de mañanas en las que el entusiasmo inicial se transformaba en caos.

Poco a poco, José Luis comprendió que la libertad sin sentido colectivo puede disolverse en el individualismo. La tarea del docente —descubrió con el tiempo— no consiste en imponer la norma ni en abdicar de su papel, sino en crear un medio “rico y sugerente” en el que los niños aprendan a reconocerse, a convivir y a entender la necesidad de ciertas reglas. “Un paso previo al respeto a la norma —escribe— es sentir la necesidad de su existencia.” Así, el aula deja de ser un espacio de control para convertirse en un lugar de construcción moral y social compartida.

Su reflexión sobre la motivación es especialmente reveladora. Frente a la idea de que “no estoy motivado para aprender” es una excusa o un obstáculo, propone pensar que lo importante no es la motivación en sí, sino el sentido que damos al aprendizaje. Aprender no es acumular datos ni seguir un método; es un proceso activo, una búsqueda personal que se fortalece cuando el entorno favorece la curiosidad y la cooperación. En ese ambiente, el maestro deja de ser transmisor para convertirse en mediador, en quien ofrece materiales, tiempos y propuestas que invitan a hacer, probar, equivocarse y volver a intentar.

Aula de Primaria
Aula de Primaria

Su mirada sobre los conflictos y la norma se apoya en una triple comparación de modelos de actuación docente. En el primero, el adulto impone las reglas y controla todo; en el segundo, el grupo participa, pero dentro de un marco que sigue siendo decidido desde arriba; y en el tercero —el que considera más coherente con una escuela emancipadora— las normas surgen del proceso, no del mandato. El conflicto no se ve como una falta, sino como una oportunidad para aprender sobre sí mismo y sobre los nos acompañan. En ese modelo, la autoridad del maestro no desaparece, pero se transforma: deja de ser poder para ser referencia, presencia que acompaña y orienta sin coartar la evolución del grupo.

Con los años, José Luis llega a una conclusión profunda: la personalidad, como el conocimiento, también se construye. La escuela no puede limitarse a transmitir saberes académicos; ha de ser un espacio donde cada niño y cada niña construya su identidad moral y emocional, su sentido de sí y su capacidad de convivir. Y esa construcción, como cualquier aprendizaje significativo, no se impone desde fuera, sino que se vive, se experimenta y se asimila en la interacción con los demás.

Aula de primaria
Aula de primaria

José Luis reconoce haber caído muchas veces en contradicciones, sobre todo cuando su planteamiento individual chocaba con las dinámicas institucionales de la escuela. Sin embargo, esas tensiones le ayudaron a tomar conciencia de que educar no es solo enseñar contenidos, sino ofrecer una experiencia humana. “En esencia —resume—, con mi actuación trato de reforzar la idea de persona, el yo con sus derechos y sus capacidades, para que desde ese reconocimiento viva la relación con los demás.” La escuela se convierte así en una comunidad de aprendizaje moral, donde la convivencia se aprende viviéndola.

El relato del aula que describe José Luis Alonso está lejos de cualquier modelo rígido. Cada año, cada grupo supone empezar de nuevo. La gestión de las emociones, la organización de los espacios, los tiempos y las relaciones son variables que se reconstruyen constantemente. En su reflexión, destaca la importancia de mantener el control emocional del docente: no reaccionar desde la rabia o el cansancio, sino desde la conciencia. Reconoce errores —como aquel impulso de dar una bofetada a un niño que lo provocó— y los convierte en materia de aprendizaje: “Mi bofetada cambió su sonrisa, y generó algunas consecuencias para mí, además de demostrar mi falta de control.” La honestidad con que comparte estos episodios revela una pedagogía viva, encarnada, que se aprende desde la práctica y la reflexión, no desde la perfección.

Trabajo cooperativo en un aula de primaria
Trabajo cooperativo en un aula de primaria

En su aula, la organización no se concibe como un esquema fijo, sino como una estructura abierta que combina autonomía y cooperación. Los planes de trabajo individuales permiten que cada alumno y alumna marque su ritmo, elija tareas, gestione su tiempo y valore sus propios avances. Las asambleas, por su parte, son el corazón del grupo: espacios de encuentro donde se comparten problemas, se toman decisiones y se construyen normas comunes. “Es la vivencia de la democracia”, escribe. Allí, todos tienen voz, y el conflicto deja de ser amenaza para convertirse en motor de crecimiento colectivo.

El aula se organiza también materialmente de manera cooperativa. Los recursos se adquieren en común, evitando desigualdades y fomentando el sentido de lo compartido. Esta estructura —una cooperativa escolar gestionada por el grupo y las familias— no solo garantiza la igualdad de medios, sino que educa en la responsabilidad y el cuidado de lo colectivo. “Desde una escuela pública —señala— no cabe organizar nada si no cumple estas condiciones.”

La atención a la diversidad ocupa un lugar central en su reflexión. Frente al modelo clásico que saca del aula a quienes presentan dificultades, defiende la necesidad de mantenerlos dentro del grupo, ofreciendo actividades accesibles, significativas y ajustadas a sus posibilidades. El apoyo entre iguales, la implicación de las familias y el trabajo cooperativo se convierten en las claves de una inclusión real. “Hay una sola persona adulta, pero hay veintitantas criaturas”, recuerda con ironía, para subrayar que la cooperación multiplica las posibilidades de aprendizaje.

José Luis insiste en que la educación no se reduce a normas ni a metodologías, sino que tiene que ver con una manera de estar. En el aula se aprende a través del ejemplo: la serenidad, el respeto, la amabilidad, la escucha y la coherencia del adulto, adulta, son los verdaderos instrumentos pedagógicos. Por eso, más allá de las técnicas o los materiales, el centro de la práctica está en la actitud: en la forma de mirar a la criaturas de reconocerla y de acompañarla en su proceso de construcción personal y colectiva.

Asamblea escolar
Asamblea escolar

El texto concluye con la conciencia de que no hay recetas definitivas. Educar, dice José Luis, es “volver a empezar” cada día, con cada grupo y con cada persona. Es un camino que requiere humildad, escucha y una constante revisión de lo que hacemos y de lo que somos. Y, sobre todo, una convicción profunda: que el aula es un lugar donde se aprende a ser, a convivir, a pensar y a querer.

Las páginas de El li(br)o de Un maestro algo fre(i)nético. Aprendizaje, educación y escuela. Vivencias y reflexiones”, nos invitan, así, a pensar la escuela no como un espacio cerrado de transmisión, sino como una comunidad que crece y se transforma con quienes la habitan. Una escuela que, desde la incertidumbre y la ternura, busca cada día un equilibrio entre la libertad y la convivencia; entre el yo y el nosotros; entre la palabra y el silencio. Una escuela que, al fin y al cabo, sigue siendo —como quería Freinet— “una prolongación natural de la vida”.

Libro Un maestro algo freinetico

Publicado en la web del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP), dentro de la serie Un maestro algo freinético, dedicada a recoger experiencias, reflexiones y prácticas de la pedagogía Freinet en la escuela pública.
One thought on “Dinámic(t)a en el aula”
  1. Me parece una reflexión muy acertada y sincera, por parte de José Luis. He leído el libro y hay bastantes lugares comunes, con los que me identifico. Sobre todo, en cuanto a los principios de nuestra práctica y en cómo Freinet nos ayudó a enfocar el aprendizaje de manera diferente. Para mí, las técnicas y los materiales que nos legó Freinet, han sido fundamentales, pues hasta que no empecé a trabajar con ellas, no pude cambiar de verdad la dinámica de mi clase.

Comments are closed.