En el CEIP Antonio Checa Martínez de Torre del Mar, Francisco José Berrocal practica una experiencia sencilla pero poderosa: dedicar unos minutos cada mañana a que su alumnado exprese cómo se siente. Este gesto abre un espacio de escucha y respeto que favorece la empatía, la cohesión y la salud emocional, recordándonos que educar también significa acoger y cuidar las emociones en la escuela.
En el CEIP Antonio Checa Martínez de Torre del Mar, la educación se entiende como un camino en el que cada niño y cada niña puede alcanzar su máximo desarrollo académico y personal según sus capacidades y ritmos de aprendizaje. En este centro se cultivan valores como la tolerancia, el respeto, el diálogo y la convivencia, entendiendo que la escuela es, ante todo, un espacio donde formamos personas.
Francisco José Berrocal Fraiz, tutor de 6º de Primaria en este colegio, compartió en el Taller de 8 a 12 años del 51º Congreso del MCEP una práctica cotidiana que lleva a cabo en sus aulas y que, a pesar de su sencillez, tiene un enorme valor pedagógico y humano. Cada mañana, al iniciar las clases, dedica unos minutos a preguntar a su alumnado cómo se siente: si está alegre, triste, preocupado o enfadado. En ese breve espacio se abre la posibilidad de expresar emociones tan variadas como la ilusión por un cumpleaños próximo, la tristeza por la enfermedad de un familiar o el dolor por la pérdida de un ser querido.
Según nos explicó Paco, este pequeño gesto permite que las emociones encuentren un lugar legítimo dentro del aula. Lo que se comparte deja de ser un peso individual y se transforma en un conocimiento colectivo que favorece la empatía y el cuidado mutuo. Se trata de un ejercicio de escucha respetuosa donde los sentimientos no se juzgan ni se comentan, simplemente se acogen. Mientras que las razones pueden debatirse, los sentimientos han de ser reconocidos y aceptados tal cual son
En apenas dos o tres minutos, el alumnado encuentra un espacio seguro para expresarse y liberar lo que trae consigo, favoreciendo así su bienestar emocional y, con ello, su disposición para aprender. Esta dinámica, sencilla pero profundamente significativa, refuerza la salud mental, la cohesión grupal y la confianza en el aula.
Experiencias como la que compartió Paco nos recuerdan que la educación, desde un enfoque Freinet, no se limita a los contenidos académicos, sino que también atiende a la vida emocional de los niños y niñas. Dar voz a los sentimientos y legitimarlos como parte del día a día escolar es un acto educativo transformador que fortalece tanto a la persona como a la comunidad.