Prefacio
Freinet tenía veintitrés años cuando, al empezar la carrera de enseñante, se inició en el proceso de la escuela tradicional. Arrastraba de la guerra una grave herida pulmonar que le imposibilitaba para ejercer su oficio de enseñante según la fórmula de la autoridad opresiva del maestro sobre el niño. Llevaba también consigo una comprensión nueva de la Historia, bajo el punto de vista del materialismo dialéctico; y desde entonces, iba reafirmándose su rechazo de una pedagogía reaccionaria en su esencia, socialmente retrógrada, que no decía nada sobre el antagonismo de clases, indigna del destino de pueblos deliberadamente en marcha hacia el socialismo.
Algunos años más tarde, Freinet ya tenía el mayor instrumento de su pedagogía: la imprenta en la escuela. Fue esta innovación la que, cambiando de repente el clima de la clase y la técnica escolar, atrajo hacia él a sus primeros adeptos, jóvenes y entusiastas también, dispuestos a luchar en todos los frentes, pedagógico, social y político, en el período histórico del ascenso del fascismo internacional. De esta manera tomó forma y se organizó, según una ideología revolucionaria y con objetivos especialmente educativos, un grupo de francotiradores, partidarios de la renovación de la Escuela del pueblo.
Desde el principio, esta obra colectiva situada resueltamente bajo el signo de la renovación, era por excelencia una obra de juventud; y lo era por su empuje, su generosidad, audacia e incluso, con frecuencia, temeridad.
Pero también tenía, en una madurez precoz, necesidad de una acción provechosa para el máximo número de personas, el deseo de una racionalización humana de la vida escolar en un marco social regenerado. Por ello instauró, con carácter permanente, una pedagogía militante que fue obra de los maestros menores de treinta años.
De hecho, toda la obra de Freinet, a lo largo de su vida, estuvo siempre impregnada de los valores de la juventud: y ello a causa de la personalidad misma del guía, proyectada por entero fuera del individualismo y de toda publicidad personal. A causa, sobre todo, de su indefectible confianza en la fuerza de la vida. A causa también de una especie de poder de captación de las fuerzas instintivas de las masas, de canalizarlas, de organizarlas hacia una responsabilidad colectiva para hacer surgir del presente fuerzas que preparen el porvenir: destruir, ciertamente, pero construir al mismo tiempo.
La juventud es la edad privilegiada en la que todo parece posible. Se confía en el instinto, sin demasiadas seguridades, simplemente porque uno se siente fuerte. Porque todavía no se está alienado por las cantinelas de una cultura de teorización que no cesa de inventar a cada momento conocimientos que no sirven para nada.
Porque no se está aplastado por el peso de una ciencia conformista opuesta a toda investigación que se escape de su propio imperio. Aunque un exceso de cientifismo resulte perjudicial, no es éste nuestro caso, ya que en un principio uno se encuentra solo y desnudo, y es sabido que la inspiración puede iluminar a un ignorante que empieza a buscar la verdad.
Así pues, es inútil dar recetas a los que empiezan a caminar; ni los modelos a seguir, que no serían los mejores ni en su forma ni en su contenido. La juventud no hace caso de las cosas perfectas, porque las cosas irreprochables no saben adaptarse a las condiciones cambiantes de la vida: sólo son útiles para el museo.
Por el contrario, las cosas imperfectas, hechas con un buen material bruto que pueda ponerse a prueba, requieren iniciativa y audacia. Lo más importante es cogerlas por su lado bueno; de ahí se obtienen las clases susceptibles de abrir las vías de acción más aprovechables. Esas vías son las que Freinet ofreció a sus compañeros de filas para que se instalaran en las más modestas escuelas, las del pueblo, las canteras del trabajo real, que honran a la educación en su acepción más amplia y hacen frente a las necesidades históricas que incumben a la clase de los trabajadores enseñantes.
Para hacer honor a este magnífico programa, hacía falta una mentalidad de jóvenes, un entusiasmo y una fe de jóvenes. Y debido a que los jóvenes, solos, pueden trabajar codo a codo, sin rivalidad, segundas intenciones ni recelos, se instauró, fuera de las vías administrativas, una continuidad de acción, de creación, que, desde sus principios, no comportó más que beneficios a la escuela pública. Solamente en la juventud pueden adquirirse reflejos de adaptación permanente a la realidad concreta; solamente por esos reflejos se puede hacer surgir un desarrollo nuevo e ininterrumpido del conocimiento, solamente así cambiará el destino del hombre.
Se comprende fácilmente la preocupación que siempre tuvo Freinet por ganarse al movimiento de renovación pedagógica a las jóvenes generaciones de enseñantes en una edad en la que todavía no saben a qué atenerse.
Por lanzarlos, nuevos y atrevidos, al gran torrente del trabajo permanente; por proponerles antes que nada los consejos que, dando acceso a las vías generales de la obra educativa, llaman constantemente a la iniciativa personal para asegurar, de la mejor manera, un aprendizaje sobre el terreno, según las leyes de ese tanteo experimental sin el cual no sería posible ninguna educación.
Los artículos reunidos aquí, en esta modesta recopilación, coinciden en este objetivo. Tienen la profundidad y la simplicidad de las cosas familiares, que son familiares porque están fundamentalmente hechas de verdades que surgen bruscamente cuando el espíritu, harto de conocimientos inútiles, se dispone a empezar de nuevo.
Porque siempre se empieza de nuevo cuando se crea o se inventa algo que lleva a exaltar el valor del hombre, cada vez que se pone en peligro el conformismo de las sociedades decadentes.
Colocados en apariencia en un campo exclusivamente pedagógico en vías de renovación, los escritos reunidos en esta recopilación ponen de manifiesto una dialéctica que nos lleva al corazón de los antagonismos del organismo individual y social. Y esos son problemas de ardiente actualidad que, inevitablemente, son los de la juventud. Estos escritos de Freinet ayudarán a nuestros jóvenes a hacer surgir de un presente dinámico las fuerzas que se constituirán en levadura de la revolución pedagógica y social que está en marcha.
E.F.