EL MCEP DE MADRID EN EL TEATRO: “LA ESCUELA PERDIDA”.

EL MCEP DE MADRID EN EL TEATRO: “LA ESCUELA PERDIDA”.
“Educar antes que instruir; hacer del niño, en vez de un almacén, un campo cultivable, y de cada cosa una semilla y un instrumento para su cultivo es el ideal que aspira a cumplir, mediante ese arte de saber ver, la pedagogía moderna”. 
Manuel B. Cossío
El pasado jueves 13 volví al teatro junto a un nutrido grupo de compañeros y compañeras del Mcep de Madrid para ver la representación de La escuela perdida, con un texto escrito colectivamente por quienes actúan (la compañía Sólo es nuestro deseo y La pera del olmo), un grupo de personas comprometidas con la escuela, la memoria histórica y el teatro. Se está representando en una sala periférica, allá en los Carabancheles, la Sala Tarambana, donde llevan ya más de un año haciendo disfrutar al numeroso público que, gracias al siempre infalible boca a boca, acude a ver el espectáculo. De la Tarambana, salí emocionado y removido, con mucha información y mucha conciencia. Una emoción triste porque asistimos a la reivindicación de una escuela “que no fue, y que no es” y la representación nos pone ante el “infinito abismo que separa lo que fue de lo que no llegará a ser” (como dicen Ana Llorente y José Luis Gordo en el prólogo del libro que incluye el texto de la obra).
Los monólogos dialogados de “La escuela perdida” arrancan con el personaje de Víctor, que ve como, a pesar de momentos de desaliento, su vocación de maestro no puede dejar de aflorar. La obra comienza y termina con él: la vocación de ser maestro, este tipo de maestro que surge cuando uno descubre la lectura, la necesidad de ayudar a los demás y el propósito de construir un mundo mejor.
Además de la historia de Víctor, el niño que quiere ser maestro, encontramos otros personajes que sirven de estructura para revivir lo que fue el proyecto de la educación en la II República: Paquita, la joven que ama el cine y quiere ser actriz (algo diferente de lo que está preestablecido para una mujer de clase trabajadora); Celia, la maestra en Madrid que tiene un proyecto de coro escolar y trabaja en uno de los  de los dieciocho nuevos grupos escolares que se hicieron en los dos primeros años de la República; Adelina, la maestra de pueblo que saca a sus alumnos y alumnas al campo y prepara con esmero la llegada de las misiones pedagógicas; Ramón, el maestro que ha dejado el aula para ser inspector y se convierte en burócrata necesario; y Pedro, el misionero pedagógico que difunde música, arte y cine por los pueblos más pobres de España.
Todos estos personajes están esperando con ansia que llegue septiembre de 1936 para comenzar los estudios para maestro, poder volver a proyectar otra película en el colegio, comenzar el proyecto “Una escuela, un coro”, dejar la inspección y volver a aula de nuevo. Pero ese septiembre, no llegó como se esperaba; lo que trajo septiembre, fue bien diferente.
El primer acto (“El deseo”) es luminoso, independientemente del trasunto histórico concreto, porque habla de la ilusión por aprender y enseñar, pone en valor la alegría de ser maestro, de querer compartir; en algún momento, el guion habla de la imprenta, y también del fonógrafo y del cine. Aunque estamos hablando de un momento histórico, del momento esperanzador de la República, el entusiasmo que transmiten los personajes por su trabajo educativo es contagioso y reafirma al espectador -a mí desde luego me ocurrió- en la fortuna de vivir la profesión de maestro con esa claridad, con esa verdad y esa conciencia.
Frente a este primer momento, cobra sentido la oscuridad y tristeza de las historias del segundo acto (“La guerra”), ambientado durante la guerra en Madrid, y que habla de los debates que la rebelión militar puso en primer plano: seguir o no con los proyectos iniciados, seguir trabajando con los niños y niñas en Madrid o ponerles a salvo en colonias escolares en Levante o fuera del país, mantener el impulso educador o dedicar todos los esfuerzos a ganar la guerra. La inercia republicana se pone en jaque y se quiebra con la división entre los protagonistas.
El último acto (“La pérdida”) es el de la depuración, la cárcel o el asesinato, la renuncia, el desencanto, la vuelta del color gris y los espacios cerrados. Aquí se narra cómo los vencedores de la guerra desmontan todos los símbolos de la escuela republicana y libertaria (coeducación, igualdad, cooperación, juego y talleres, salud y cuerpo, periódicos escolares) por otros más propios de los vencedores: orden, disciplina, autoridad, jerarquía, patriotismo y religión católica.
Me ha resultado interesante que en la parte final aparezca el contrapunto de Manuel, el alférez provisional que se convierte en maestro y se aplica en la tarea de hacer olvidar la escuela republicana. Pero, ¡ay!, su hija Paula, contestona y soñadora (buena definición de lo que puede conseguir una educación libre), gracias al trabajo de su madre, ha quedado cautivada por lo que aprendió aquellos años en la escuela y se va a enfrentar a ese padre revanchista y caduco.
En el texto se encuentran todo tipo de referencias interesantes de la escuela de la II República y su transformación durante la guerra: las canciones que se escuchan son un homenaje al Cancionero de la Institución Libre de Enseñanza (algunas forman parte de mis recuerdos infantiles con aquellos maestros que las tarareaban), la inocencia inicial y la alerta final de la revista Mujeres libres, la Cartilla Escolar Antifascista (que habla de otra educación diferente a la de los niños en la República antes de la guerra), los Ateneos Libertarios, el Paracuellos de Carlos Giménez, las referencias a Alejandro Casona y su Nuestra Natacha (la protagonista acaba dirigiendo el Reformatorio en el que ella había estado internada, con un talante nuevo y renovador, buscando construir un sitio alegre y luminoso según las teorías pedagógicas libertarias que hiciera olvidar la oscuridad  de la disciplina y los castigos desmesurados de la pedagogía anterior), y los versos siempre oportunos y pertinentes para mí de Miguel Hernández, además de las referencias a otros maestros y maestras como Justa Freire o Ángel Llorca, o los que trabajaron en zonas rurales que tan bien descritos están en el personaje de Adelina. En la sala se hizo mención a una espectadora especial, una mujer que fue alumna de esa escuela en su pueblo de Extremadura en aquellos primeros años 30 del XX, y que manifestó su recuerdo y agradecimiento a la que fue su maestra en los años de la República.
En un garito del barrio, pudimos poner en común algunas cosas que nos parecen reseñables como el frío de las escuelas franquistas, construidas con materiales de mala calidad, y la luminosidad y recursos de las escuelas republicanas (piscina, proyectores…), el recuerdo que los más mayores de nosotros tienen de la convivencia en las escuelas con esos maestros del régimen con los que había que lidiar cada mañana. Llovía en Madrid esa tarde, pero la humedad del ambiente no consiguió vencer la sensación que tuvimos al volver a casa de que hay un hilo común que viene de aquella escuela de la II República a la que hacemos bajo la inspiración freinetiana.
El proyecto del que surge La escuela perdida nace del trabajo conjunto de los actores que son los autores del texto, algunos de ellos docentes. Sus carencias como actores no profesionales que son, se ven compensadas por una dramaturgia ágil y una historia emocionante, dolorosa y triste, que acaba generando el mayor de los respetos por lo que llevó a cabo la República en relación a la mejora de la educación de este país y por la propuesta tan inteligente y necesaria de esta compañía de teatro. Fue tanto lo que se puso en juego y fue tanto lo que se perdió, que es necesario mantener viva la llama de la renovación en la escuela, que sigue siendo necesaria y de qué manera en este tiempo de emprendedores, negociantes, profetas a toro pasado y desencantadores peligrosos.
No sé si habrá gira, pero desde luego yo hago de altavoz y de transmisor de que no hay que perderse esta función si se tiene al alcance.
Juan Manuel Delgado. Mcep-Madrid.
https://www.instagram.com/laescuelaperdida/