

“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida” Silvio Rodríguez.
“Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube, que se llevara lo feo, y nos dejara el querube, un barredor de tristezas… Silvio Rodríguez.
“Se equivocó la paloma, se equivocaba” Serrat
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Los libros y la miopía de la maestra o Mario y su bici
Buenos días, buenas tardes, buenas noches.
Estaba hoy pensando, por aquello de la semana del libro, en qué libros me gustan o me han gustado, o cómo ha sido el camino de maestra bailando los libros, o el camino de madre, o el de mujer, o el de ser humano,…
Me ha venido la imagen del libro “Días de Reyes Magos” de Emilio Pascual, un libro que relata el viaje de la despedida de la infancia a través de los libros, o el cuidado de un abuelo que, como ya no está, le manda libros a su nieto. Un libro de hace 20 años que me emocionó.
En algún pliegue del cerebro se me ha abierto un recuerdo. El de Mario .Un alumno que me enseñó a cuidar más lo que hacía en la escuela, entre otras muchas cosas.
Era el curso 2009 o 2010. En Enero vino a mi clase de 5º un alumno desde Nigeria, con una historia de abandono y soledad muy grande; con un brillo en los ojos descomunal; con un cuerpo pequeño que daba volteretas en el aire; desde el bordillo de la acera; con muchas ganas de comerse el mundo; con un amor gigante a quien se acercara un poco y con la responsabilidad de su vida en sus manos de 10 años: una abuela alcohólica lo había conseguido traer a España y un padre con poco entrenamiento de paternidad, eran sus adultos de referencia, con quienes vivía.
Yo no sabía todo eso cuando llegó. Luego supe también, que había estado por las calles, durmiendo entre barros y cartón, supe que después había vivido un orfanato. La historia fue para mí un aprendizaje importante, emotivo, cálido y humano.
Pero… pero esa maestra que se creía que todo lo sabía… se equivocó.
Mario llegó a finales de Noviembre. Yo, aunque sé que los Reyes no existen, he jugado de muchas maneras a celebrar ese día. Aquel año, una de las propuestas que elegimos en el aula fue escribirles una carta. Sabían que no existían. Y puestos a soñar, soñemos.
Las cartas fueron escritas y leídas y echadas al buzón de los sueños. Mario también escribió la suya.
Al volver a clase, nos contamos los días sin escuelas y, por supuesto los Reyes, lo que se había cumplido de sus sueños y lo que no.
Mario parecía serio y enfadado.
Cuando nos quedamos solos, le pregunté si quería contarme. Sus brazos cruzados, muy apretados tapándose el corazón herido; sus hombros hacia arriba, como sin entender el mundo; y su cara con las cejas levantadas, el ceño muy fruncido… muy enfadado. Yo no sabía con quién. Ya no te creo, me has mentido. ¡¡Y yo te quería!!– sollozó.
Entre miedos, dudas y dolor de estómago fuimos hacia dentro con cuidado, hasta que reventó “¡¡¡No me han traído la bicicleta, y era lo único que había pedido, y me daba igual cómo fuera¡¡¡ -gritaba. El dolor y mucho de lo que yo aún no conocía se le desparramó por los ojos. Cuando pude le abracé, y como pude le fui escuchando y entre tartamudeos, contando.
¿Cómo podía haber sido tan bruta y no haber dejado hueco en el aula a su historia, a mí que me es tan fácil empatizar? Mario no sabía nada de los Reyes, y se había creído lo que hablamos. A veces los maestros y maestras damos por hecho que todos los niños y niñas van a entendernos aunque sean tan distintas trayectorias.
Para mí esa vivencia fue decisiva. Aprendí mucho de aquella historia. Reflexioné sobre la escuela que se cree sabia, acogedora, inclusiva (como yo me lo creía) y no sabe que lo bueno para ti no tiene porque serlo para el otro y que lo que das por hecho por vivencia, creencia, cultura… na de ná. Y encima creías que eso ya lo tenías claro.
Cambié en lo profundo.
Por supuesto, Mario tuvo una bici en su casa a la semana siguiente. En mi familia enseguida aparece alguien que tiene una en no sé dónde. Y por supuesto, cuando aquella mañana llegué a las 8 a su casa para dejarle la bici (su padre y su abuela no podían venir al cole a buscarla), al entrar descubrí un mundo de Mario que no podía imaginar mi mente, que se creía abierta y cuidadora.
En una de las habitaciones había una bici y un casco. Mario, tan inteligente y sabio, me dijo luego en clase “Lupe, la bici es de mi padre y no me deja ni tocarla, por eso le pedí una a los Reyes. Gracias por todo”.
Mario hoy está lejos de esa casa. Alguna vez que nos encontramos, a la carrera ( sobre todo a la suya), nos fundimos en un abrazo.
La escuela que aprende de los niños y niñas es la escuela.
Desde Huelva, pas(e)ando por Nigeria, Cuba, Barcelona, Madrid , y volviendo a ti.
Gracias por tu bella imagen, M. Jesús Feria.
Gracias por vuestras canciones Silvio y Serrat.
Gracias a Mario que tanto me enseñó.
LupeMcepMadrid.
La bicicleta como símbolo de libertad; te permite ir más allá, cumplir algún sueño proyectado; desplazarte, conocer. Llegar al río, a la casa del amigo más lejano, a la soledad cuando la necesitas. Y en las cuestas arriba, aprender lo empinado del camino.