
La conversación es, por tanto, un presupuesto metodológico fundamental para conocer la cultura del niño. Pero la conversación, para ser positiva, debe ser práctica de democracia verdadera en un clima de respeto hacia el alumnado, donde éste no sienta ningún temor y lo que expresa no sea escuchado para ser evaluado sino para un conocimiento recíproco. Es a partir de este conocimiento como se desarrollarán después, gradualmente, las directrices del trabajo educativo -Mario Lodi
Mírate a ti mismo y puedes mirar a los demás de manera diferente – Joan Báez
Cuando la música no te suena
Moussa fue mi alumno (y mi maestro) hace 9 cursos.
Cuando le conocí hacía 6 meses que había llegado de Mali con toda su familia. Tenía 11 años. Tenía 1 hermano y 6 hermanas, que fueron entrando en mi vida poco a poco. A los dos más pequeños Oumar y Sira, también les di clase.
Moussa tenía una mirada y un estar en el aula que iban mucho más allá de lo que yo conocía. Le encantaba estudiar cualquier cosa, pintar, leer, hablaba tres idiomas y tenía unas aptitudes físicas increíbles. Por no hablar de su belleza: todavía guardo en algún lugar de mi casa y en muchos lugares de mi corazón la foto de la familia con las 5 hijas, los 2 hijos, el padre y la madre; eran la belleza con todas las letras, esa belleza serena y profunda que te atrapa al primer instante.
Había una palabra que no le podías nombrar a Moussa: música. El resto de la familia (con quienes coincidí en las fiestas del barrio alguna vez) eran puro ritmo, pura armonía, con esos movimientos apenan perceptibles que te llevan a los ritmos suaves y armoniosos de otros tiempos.
Pero Moussa ni se movía al ritmo, ni quería música, ni tan siquiera dejaba que sonara en el aula.
Llegó el día de su 12 cumpleaños. No quería una celebración y mucho menos que le cantáramos. Nuestros corazones ya se habían acercado lo suficiente y nos empezábamos a conocer. A la hora del patio me pidió quedarnos en clase . Lo que aquí os voy a contar no sé si sabrá transmitir lo que sentí y viví :
–Lupe, ¿quieres saber por qué no me gusta la música?- me preguntó .
-Estoy deseando Moussa, si tú me lo quieres contar– le respondí .
Y Moussa empezó a contar:
–Viviendo en Mali un día bajamos a la calle a jugar todos los hermanos, menos Oumar y Sira que eran pequeños. Yo tenía 4 años. Lo hacíamos a menudo con mis hermanas mayores. La casa era pequeña y el parque muy grande. Teníamos que cruzar una carretera con pocos coches.
Ese día un hermano mío, Soua, salió corriendo a pedir agua a mi madre. Fui detrás de él para que no fuera solo. Era muy deportista y cuando conseguí alcanzarle estaba tirado en el suelo, en medio de la carretera. Un coche le había dado al cruzar. Yo lo vi todo y no supe hacer nada.
La emoción iba inundando su relato. Sus lágrimas me miraban desde muy lejos, desde un día de hacía 8 años al que entonces supe que volvía una y otra vez, cada vez que sonaba algo de música.
Como pude me mantuve. Como pudo se estrelló hacia mi cuerpo en un abrazo.
Lupe –continúo entre sollozos– a Soua y a mí nos gustaba cantar a todas horas. Mi madre dice que aprendimos a bailar y cantar antes de hablar, y siempre juntos. No he podido volver a hacerlo y cuando lo hacen en mi casa o en el cole me voy para no oír. Era mi hermano gemelo y murió en mis brazos, mientras le cantaba una canción. Nunca más he vuelto a cantar y cada vez que oigo música le veo en el suelo y le oigo cantar.
Moussa ha crecido, sigue estudiando y algunas veces nos cruzamos por La Alhóndiga, un barrio de Getafe. A veces cuando nos saludamos desde lejos, veo que lleva puesto unos cascos. Yo me pregunto si se habrá reencontrado con la música .
Esta historia todavía me conmueve.
Los niños y niñas son una fuente de aprendizaje en la escuela. Cuando conversamos al estilo Mario Lodi, nos descubren un mundo lleno de posibilidades y dejamos de ser sus maestras para convertirnos en sus aprendices.
Moussa me abrió luces entre sus sombras. Me enseñó el mundo de los dolores infinitos que tantas veces ni imaginamos.
Yo tampoco tengo ni receta ni método. Solo sé que la escuela que abre caminos, que se pregunta, que escucha, que acoge, que conversa es más escuela, más pública, más humana y podría ser ese lugar con el que soñamos donde todas las criaturas sean acogidas con sus historias, las quieran contar o no.
Hoy me ha llevado Joan Báez a esta historia, no me preguntéis por qué.
Buenos días, buenas tardes, buenas noches.
Desde Huelva, pas(e)ando por Italia, New York, Madrid, y volviendo a ti.
Gracias por tu bella imagen, M. Jesús Feria.
Gracias por tu pedagogía y tus escritos, Mario Lodi.
Gracias por tus canciones, Joan Báez.
Gracias a Moussa que me abrió su corazón y amplió mi visión de escuela. También me enseñó que con la música no siempre se canta ni se baila, y que el dolor tiene multitud de rincones escondidos en algún lugar de nuestra infancia o de otras etapas vitales.
Gracias a toda la familia Omar que todavía recorre mis recuerdos y de vez en cuando nos abrazamos.
LupeMcepMadrid
