MCEP-Link a «Los maestros que prometieron el mar» ( publico.es )

Durante mucho tiempo anduve en busca de un hombre, más bien un fantasma, apenas una referencia mecanografiada en cuartillas burocráticas tan gastadas y amarillas que me costó un trabajo ingente descifrarlas. Se lo había tragado la tierra. Desapareció del mundo no por una vocación ascética sino porque las autoridades franquistas lo habían señalado con una peligrosa gama de improperios y lo acusaban de ser un rojo, un masón, un traidor a todos los efectos, y por eso lo condenaron a la clandestinidad primero, a la cárcel después y finalmente al más ignominioso de todos los olvidos. Se llamaba Teodoro Cisneros y había sido el maestro de mi abuelo.

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Allá por 1935, Teodoro Cisneros solicitó al Ministerio de Instrucción Pública que le concediera la oportunidad de visitar la escuela de Saint-Paul-de-Vence, la escuela de Célestin Freinet, cuyas técnicas pedagógicas ya estaban aplicando con diligencia algunos maestros de la Segunda República. De la mano de Cisneros y al estilo de Freinet, los alumnos de Rioseco de Karrantza publicaban un semanario con una multicopista construida en la escuela. De pronto, como por arte de magia, niños de toda clase y condición se habían convertido en editores, periodistas, ilustradores, corresponsales y humoristas que divulgaban en letras de molde las noticias más candentes de su día a día.

Los alumnos dejaron así de copiar al dictado y pasaron a exponer sus propias visiones de la realidad con el prestigio que concede la letra impresa. Al mismo tiempo, y casi sin querer, aprendieron a desmitificar las verdades oficiales de la vieja prensa, pues quedaba ya a la vista de todos que cualquiera con cierta maña y tiempo libre reunía las condiciones suficientes para difundir una noticia. En ese milagro cotidiano había toda una declaración de intenciones: la escuela no debía concebirse nunca más como una fábrica de súbditos sin voluntad ni conciencia sino como un proyecto emancipador llamado a formar ciudadanos libres.

Juraría que Cisneros nunca llegó a estar en Francia. Había estudiado francés y hasta se había puesto en contacto con Freinet para contarle que la llama de la nueva pedagogía popular seguía ardiendo en una pequeña escuela vasca. Aquel sueño fue aplastado con los modales más barbáricos, con fusilamientos, celdas perpetuas, depuraciones, censura eclesiástica y fogatas de libros. Cisneros cruzó todo un purgatorio de clandestinidad, cárcel y olvido. Benaiges fue suprimido de la vida y hasta de la memoria de los archivos. Pero vivieron sus alumnos y los alumnos de sus alumnos. Y aquí seguimos en pie sosteniendo la llama de un sueño. Somos el mar que ellos nos prometieron.

 

Artículo completo escrito por el periodista  Jonathan Martínez (16/11/2023) en:  www.publico.es/es/opinion/los-maestros-que-prometieron-el-mar/
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