BEM 18. Las técnicas audio-visuales. Célestin Freinet

Consecuencias psicológicas, sociales y culturales de la extensión de las técnicas audiovisuales
Fotografía, radio, discos, televisión, magnetófono, son inventos de un alcance considerable. No tenemos la menor intención de minimizar  su importancia. Al igual que la lengua, son la mejor o la peor de las cosas, según el uso que se hace de ellos.
Intentemos usarlos de la manera más conveniente para nuestros objetivos: la formación máxima del individuo mediante el desarrollo de  todas sus facultades y posibilidades al servicio de una auténtica cultura que prepare en el niño al hombre de mañana.
Para ello, vamos a realizar un indispensable análisis previo de los procesos nuevos que las técnicas audiovisuales han puesto en marcha.
Hagamos, pues, un poco de historia.
El cine -y la fotografía de la que procede es algo más que una distracción o incluso que un medio de educación. Es algo más que un  séptimo arte. Es una nueva forma de pensar y de expresarse, y por lo tanto, plantea un problema muy grave que rara vez es considerado en toda su importancia.
Voy a insistir especialmente en este aspecto de la cuestión.
Antes de la invención de la imprenta, la cultura era exclusivamente verbal. Tenemos tendencia a minimizarla, de la misma manera que  minimizamos el andar a pie en la era de los aviones a reacción. Y cuando tenemos que recurrir a ello, no nos podemos imaginar las  distancias normalmente recorridas por los hombres que viajaban a pie; hoy, andar veinte o treinta kilómetros nos parece algo agotador,  pero antes de que se inventaran los modernos medios de comunicación, el hombre podía andar y correr horas y días enteros.
Tampoco nos acabamos de imaginar lo que debería ser una expresión y una cultura exclusivamente basadas en la palabra. Como máximo,  hacemos alusión a los filósofos que, en los rincones de las plazas griegas, transmitían a sus discípulos la expresión de su  sabiduría.
Pero la cultura de la palabra más que a este nivel florecía en el pueblo, en el cual la palabra hablada era un arte usado habitualmente.
Los grandes romances medievales se transmitían exclusivamente de palabra y, en el transcurso de las veladas de invierno, que eran una  ocasión de confraternización y de cultura, los narradores y los poetas eran capaces de inventar o de repetir -muchas veces adaptándolas-  obras que duraban horas o días.
En la actualidad se oyen muchas quejas por la débil memoria de nuestros niños y se nos invita a cultivar esta memoria resucitando el  aprendizaje machacón y escolástico que la anula en la práctica. Pero hace solamente un siglo, los hombres tenían una memoria  considerable que, en aquel entonces, era el medio esencial de cultura.
Los hombres pensaban hablando. Los hombres y los niños pensaban y aprendían hablando. Las ideas y los pensamientos eran para ellos palabras, con su entonación y sus variantes.
Esta cultura tuvo su magnificencia, que con frecuencia es excesivamente despreciada, de la misma forma que se desprecia el confort de las calesas porque se las compara con nuestros automóviles  en lugar de considerarlas en el contexto de la época.
Todas las bellas obras del folklore son el fruto de esta cultura. Hoy nos cuesta imaginar que un hombre pueda crear y pulir un poema sin tener un lápiz tan sólo, únicamente con la memoria y el  lenguaje. Y sin embargo, era el proceso normal hace tan sólo cien años.
Tenemos que creer que esta cultura tenía su intensidad y su esplendor ya que cada ciudad poseía sus poetas, sus cantores, sus recitadores de proverbios y refranes, sus narradores, sus filósofos.
Había entonces algunos hombres que no se expresaban con el lenguaje, pero habían aprendido a expresarse con herramientas: eran los que tallaban los muebles de su casa o esculpían la piedra, o  fundían el metal. Las catedrales fueron el fruto más visible de esta cultura de la herramienta. Estos hombres ya pensaban de una forma diferente. Pensaban menos con la palabra, y más con el
instrumento, la mano y el gesto.
La escritura fue un perfeccionamiento considerable de la técnica de expresión. Desde entonces, se pudo escuchar la palabra de los que estaban lejos o de los muertos.
Pero la técnica de la escritura era difícil, y por ello estaba reservada para una élite o para especialistas. Muy lentamente, fue sustituyendo a la cultura de la palabra, que ha mantenido su  supremacía durante mucho tiempo.
A causa de esta misma dificultad técnica, la escuela se ha quedado muchas veces casi exclusivamente en la era de la palabra. La palabra era la mejor manera para que los maestros transmitieran su  pensamiento a los discípulos o a los alumnos. Las lecciones son la reliquia, todavía muy importante, de esta forma de cultura.
Por culpa precisamente de las dificultades técnicas que impiden su desarrollo, la cultura del libro ha tardado mucho tiempo en generalizarse. En realidad, no puede decirse que se haya realmente generalizado, en el sentido de que la gran mayoría de los hombres de hoy no piensan en función de la escritura.