Paco Bastida: una vida dedicada a la pedagogía cooperativa

Paco Bastida: Un maestro imprescindible para la pedagogía cooperativa. A lo largo de más de ocho décadas, la trayectoria de Paco Bastida se ha convertido en un referente imprescindible para comprender la historia del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular y la difusión de las técnicas Freinet en España. Su voz, siempre lúcida y generosa, permite reconstruir la vida cotidiana de aquellas escuelas que crecieron en barrios obreros y periferias urbanas, donde la precariedad fue también el motor de profundas innovaciones pedagógicas. Desde los talleres navales de Cartagena hasta los barracones de Palomeras Bajas, Paco recorrió un camino que unió el método Faure, las técnicas Freinet, la investigación del medio y la construcción cooperativa de la escuela pública. La cooperación, el trabajo y la búsqueda colectiva, el pensamiento en común sobre los problemas matemáticos, naturales, históricos, sociales; el trabajo conjunto… es una forma introducida con carácter inapelable y necesario en su proyecto educativo por Freinet.

Su experiencia refleja el tránsito de la precariedad a la autogestión escolar a la que llegó el equipo en Palomeras; y la llegada de Freinet a los barrios populares  potenció el fortalecimiento de los vínculos entre escuela y comunidad. Maestro freinetiano, dibujante, investigador del medio y compañero imprescindible en el MCEP de Murcia, Paco Bastida ha cultivado siempre una confianza profunda en las capacidades de la infancia y en la fuerza transformadora de la cooperación. Para él, la pedagogía Freinet “no tiene límites”: es una manera de mirar el mundo que invita a seguir avanzando, a buscar nuevos caminos y a sostener un pensamiento crítico que permita comprender la realidad y actuar sobre ella. Ello exige a maestras y maestros trabajo, preparación, reflexión diaria sobre la  evolución de la clase de cada día…

La vida de Paco es también la historia de una generación de docentes que, pese a las dificultades, construyó proyectos educativos capaces de transformar vidas. Sus aportaciones en Palomeras, su humor gráfico, su trabajo con familias y su compromiso con la memoria histórica componen un legado que sigue interpelando a quienes hoy defienden una pedagogía activa, democrática y profundamente humana. Su ejemplo recuerda que la escuela es un espacio donde aprender a convivir, investigar, participar y construir ciudadanía.

Para el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular, las escuelas Freinet y los colectivos que trabajan por una educación popular, la voz de Paco Bastida es un puente entre generaciones. Mantener viva su memoria es afirmar el compromiso con una escuela pública abierta, creativa y cooperativa, una escuela que, como él defendió siempre, no tiene límites, solo horizontes hacia los que avanzar colectivamente.

 

Empresa Nacional Bazán
Empresa Nacional Bazán

Infancia obrera y primeros pasos: el origen de una vocación

La trayectoria de Paco Bastida se inicia en la Cartagena obrera de mediados del siglo XX, un contexto en el que la vida exigía madurez temprana y en el que la necesidad marcaba el ritmo cotidiano. Nacido en 1942, creció en un entorno donde el trabajo constituía un horizonte inmediato y el estudio solo era posible a partir de esfuerzos adicionales realizados en los escasos espacios que dejaba el cansancio. Sus primeros pasos profesionales se desarrollaron en un ámbito muy alejado del educativo: los talleres de la de Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares, en Cartagena. Allí, siendo aún muy joven, desempeñó funciones de aprendiz mientras completaba sus estudios de Bachillerato en horario nocturno, compatibilizando formación y trabajo en condiciones particularmente exigentes.

Empresa Nacional Bazán2
Empresa Nacional Bazán

Junto a un amigo, fallecido, que fue su cuñado, recorría caminos rurales en bicicleta para poder asistir al trabajo, y al instituto hasta las diez de la noche, sorteando lluvias, barro y pendientes que más de una vez los lanzaron a una rambla. Ese esfuerzo a contraluz marcó una forma de entender el oficio: la educación como trabajo, como perseverancia, como un viaje que es necesario sostener incluso cuando el camino se vuelve incierto. Con ese espíritu, Paco terminó el Bachillerato y comenzó Magisterio mientras seguía trabajando en la empresa, con la idea todavía borrosa de que quizá algún día sería maestro.

La Casa del Niño (Cartagena) Murcia
La Casa del Niño (Cartagena) Murcia

La oportunidad llegó casi por azar. Un viejo maestro que le ayudaba a preparar los exámenes para las oposiciones le avisó de una sustitución de un mes en un barrio humilde de Cartagena, en las llamadas “casas de las 600”. Paco pidió permiso en el taller de la Bazán, se presentó ante treinta y tantos alumnos y descubrió, sin esperarlo, el vértigo y la alegría de enseñar. Aquella primera experiencia —que recuerda con humor, incluido el sermón inicial sobre el valor del trabajo que Jesús pedía a los hombres— lo empujó a una segunda sustitución en la Casa del Niño, un espacio donde se atendía a la infancia más desfavorecida de la ciudad y donde convivían vida escolar, reparto de leche, colegio (diseñado por el famoso arquitecto tarraconense  Víctor Beltrí, asentado en Cartagena),  y lleno de una intensa realidad social. Allí conoció de cerca las necesidades de los niños y las limitaciones de una escuela que hacía todo lo que podía con muy pocos recursos. Tras regresar temporalmente a La Bazán, una tercera sustitución más larga lo situó en un caserón abandonado, donde el colegio de niñas ocupaba el piso inferior y el de niños el superior. Fue entonces cuando decidió “quemar las naves”, como le aconsejó su jefe: dejar la empresa definitivamente y dedicarse a la docencia. Ese gesto determinó todo lo que vino después.

Su trayectoria dio un giro decisivo cuando, a finales de los años 60, asistió en Cartagena a un cursillo impartido por el equipo del colegio Palomeras Bajas del barrio madrileño de Vallecas, un proyecto educativo que ya destacaba por su capacidad de innovar. Allí conoció a Paco Lara, César y Luis, referentes de aquel grupo pedagógico que transmitían una manera distinta de entender la educación. Aquella formación despertó en él una curiosidad nueva y un deseo de búsqueda que hasta entonces no había experimentado; algo se movió por dentro.

Poco después de terminar el curso, recibió una llamada inesperada: le ofrecían incorporarse al equipo de Palomeras para sustituir a Ignacio, que había dejado el proyecto —en plena dictadura franquista. Recuerda Paco, que Ignacio  era militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR).

 

Barracones del Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
Barracones del Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)

El salto a Palomeras Bajas: precariedad, comunidad y compromiso

En pleno verano viajó a Madrid para conocer la escuela y, por azar, llegó en plena celebración de las fiestas del barrio y toda una plaza grande estaba ‘engalanada’ con cadenetas con la bandera de la falange. Y frente a una placita más pequeña, lo que encontró fue una escena que hoy podría parecer extrema: unos barracones improvisados, techados con uralita y dispuestos en ángulo recto, austeros y fríos, situados en un barrio de chabolas con calles de tierra y viviendas mínimas donde la pobreza convivía con una intensa vitalidad comunitaria. Como contraste, en la plaza cercana se alzaba un busto de José Antonio Primo de Rivera, con una placa del nombre original del asentamiento: Poblado Mínimo de Vallecas. Para Paco, entonces militante de la Juventud Obrera Católica (JOC) y con una fuerte sensibilidad social, aquel entorno humilde representaba una oportunidad de construir una escuela desde lo colectivo, una forma de “hacer comunidad” que no había encontrado en otros lugares. Lejos de intimidarle, el barrio le despertó una mezcla de sorpresa e ilusión. Venía de un ambiente obrero, conocía la dureza de los barrios periféricos y no le resultaba extraño encontrar precariedad donde también había dignidad, ilusión y compromiso. Aquella experiencia sería el inicio de su etapa profesional más intensa.

El equipo de Palomeras era heterogéneo, entusiasta y profundamente comprometido; la escuela funcionaba casi como una pequeña comuna pedagógica. Los maestros trabajaban por la mañana, comían juntos en un pequeño salón, descansaban un rato y, después, algunos, impartían clases de adultos. Luis, licenciado en Pedagogía y líder natural del grupo; Paco Lara, recién incorporado a la profesión; César, y el propio Bastida conformaban el núcleo docente, junto al apoyo del cura del barrio, impulsor de la apertura de esta pequeña escuela de barracones en un contexto de extrema pobreza.

Maestros de los barracones del Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
De izquierda a derecha: Ignacio, César, Paco Lara y Luis, los maestros que iniciaron en barracones el Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)

En aquel espacio convivían las aulas de los cuatro maestros, los servicios, un pequeño comedor para las comidas del equipo de profesores y la zona donde se preparaban materiales y actividades. Algunos docentes regresaban a sus casas al final de la jornada, pero Paco —que aún no vivía en Madrid con Justi, su compañera— se quedaba solo en los barracones, dedicando tardes y noches a dibujar murales, preparar documentos y soñar nuevas propuestas pedagógicas. También impartía clases de adultos, reforzando el vínculo entre escuela y barrio y haciendo de la educación una auténtica herramienta comunitaria.

La relación con Justi marca profundamente la biografía de Paco. Ambos eran de Roche (La Unión). Cuando él se vino a Vallecas ella se dedicó a preparar las oposiciones y las aprobó. Se casaron ese verano; al  principio de curso, ella tuvo que pedir destino y le dieron  en La Unión, ya que no podía hacer uso del traslado por consorte. Al año siguiente pidió Madrid como consorte  provisional. En Madrid le dieron la UVA de Vallecas. Tras cuatro años en ese centro, pidió traslado al Virgen de Guadalupe, en Palomeras Bajas. Fueron años duros: el trabajo, la maternidad y la vida escolar se entrelazaban en una cotidianidad exigente, pero también llena de apoyo mutuo y convicción pedagógica. Paco reconoce que su vida familiar está indisolublemente unida a su vida profesional.

 

De Faure a Freinet: el descubrimiento que lo cambió todo

El método que articulaba el trabajo en esos primeros años era el método Pierre Faure, una metodología activa inspirada en una corriente pedagógica francesa difundida en España por las Teresianas. (Su centro educativo estaba en Madrid, y Justi con un grupo de maestras que hacían un curso de especialización en educación infantil asistieron una mañana a ese centro para conocer la experiencia en ese colegio).

A través de rincones de aprendizaje —lenguaje, naturaleza, matemáticas y persona— y de un material cuidadosamente preparado por los propios docentes, los niños trabajaban de forma autónoma y personalizada. Entraban en clase descalzos o en calcetines para facilitar el silencio; saludaban al maestro estrechándole la mano y elegían libremente en qué tarea avanzar según su plan de trabajo quincenal que recogía avances, dificultades y compromisos. La familia firmaba ese plan y también el propio alumno, como un gesto temprano de responsabilidad sobre su aprendizaje. Para la lectura y la escritura utilizábamos los dictados mudos; el material (letras y dibujos) lo elaborábamos nosotros; las letras las dibujábamos y las recortábamos nosotros en skai (escay) un material plástico similar al cuero.

Entre los materiales destacaban los recursos sensoriales —letras de lija—, los dictados mudos, las cajas con letras de distintos colores y las tareas matemáticas que partían de bases numéricas no decimales. La clase estaba tapizada con un material sintético, poliuretano, para que los niños pudieran sentarse en el suelo y moverse con libertad. Aunque los barracones eran fríos por la precariedad de la construcción,  (en invierno la estufa tenía que estar puesta todo el día) el ambiente humano resultaba cálido: la jornada incluía danzas colectivas en corro (por ejemplo, las sardanas) que sustituían el recreo, relatos del día a día y una puesta en común donde cada niño hablaba de su trabajo, del sapo del rincón de naturaleza, de sus dibujos, de las sumas o de cualquier hallazgo surgido espontáneamente. Allí compartían descubrimientos, dudas, investigaciones y vivencias personales, en un diálogo continuo entre maestro y alumnado para comprender avances, dificultades e intereses.

A pesar de la riqueza del método Faure, el equipo de Palomeras comenzó a sentir que necesitaba algo más. Faltaba un vínculo más fuerte con la vida real, con la calle, con la historia del barrio. Ese vacío preludiaba la llegada de Freinet. En 1971, gracias a la visita al Palomeras Bajas de un maestro y un médico que difundían las ideas de Freinet, el equipo supo que se celebraría un Congreso sobre esta pedagogía en Barcelona.

El viaje a Barcelona en 1975 (aún en plena dictadura franquista) abrió un horizonte completamente nuevo. Decidieron asistir Paco y Justi —su compañera de vida y de profesión—, con su hija recién nacida y Paco Lara con Regina. Atravesaron los Monegros en pleno verano, soportando un calor asfixiante y combinando incertidumbre y entusiasmo. Aquel congreso transformó su vida: allí descubrieron las técnicas cooperativas, las matemáticas vivas, la asamblea, el texto libre, la correspondencia interescolar, el plan de trabajo autónomo y la imprenta; pero, sobre todo, se encontraron con una concepción política y ética de la educación profundamente ligada al entorno social y a la democracia, que resonó de manera decisiva en ellos.

El grupo regresó a Vallecas cargado de entusiasmo y comenzó una transición gradual pero imparable. Algunas prácticas del método Faure se mantuvieron un tiempo, pero las técnicas Freinet comenzaron a impregnar el día a día: de la puesta en común se pasó a la asamblea que se convirtió en un órgano de vida de la clase; el plan de trabajo evolucionó hacia formas de evaluación cooperada; el interés espontáneo del alumnado pasó a ser motor central de los proyectos.

Responsables de aula en los barracones del Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
Responsables de aula en los barracones del Colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)

Autogestión y vida cooperativa en el aula

La incorporación de las técnicas Freinet transformó también la relación con las familias. Los padres y madres de Palomeras —en su mayoría obreros con empleos duros y horarios difíciles— entendieron el camino hacia la autogestión: en la asamblea infantil se regulaban los conflictos, se debatía, se tomaban decisiones, se proponían proyectos, se organizaban las tareas y los planes de trabajo, y se redactaban actas. Las familias participaban activamente en reuniones bimestrales donde se merendaba, se leían actas y se revisaba el funcionamiento del aula, compartiendo preocupaciones o avances en un clima de respeto que no dependía del nivel cultural, sino del compromiso con la educación de sus hijos. Paco recuerda la fuerza de aquellos padres y madres obreros, capaces de cuestionar, acompañar y entusiasmarse con propuestas que nunca habían vivido en su propia infancia.

Los maestros, por su parte, compartían recursos, dudas y horizontes de futuro: preparaban clases en equipo, comían juntos y, en ocasiones, debatían hasta la madrugada. Fue también un momento de tensión, pues Luis, considerado el director moral del proyecto, no compartió plenamente esta evolución y acabó marchándose del centro. El resto del equipo, sin embargo, consolidó una práctica que marcaría la historia pedagógica de Madrid.

La autogestión se convirtió en un eje central del proyecto. De aquella experiencia nació el libro “Autogestión en la escuela. Una experiencia en Palomeras” (1982), un testimonio decisivo de un periodo de experimentación, investigación y construcción colectiva en el que Paco Bastida y Paco Lara reflexionan sobre los primeros diez años de trabajo en Palomeras Bajas: dudas y aciertos sobre la vida cooperativa del centro, las asambleas, el papel del secretario, las actas y las tensiones derivadas de incorporar las técnicas Freinet. Es un testimonio vivo de un momento en que los maestros se sabían parte de un movimiento colectivo, y en que el MCEP estaba construyendo un horizonte pedagógico que combinaba el aprendizaje cooperativo con el compromiso social.

equipo docente del Colegio Palomeras bajas de Vallecas (Madrid)
Equipo docente del Colegio Palomeras bajas de Vallecas (Madrid)

Uno de los episodios más duros que Paco recuerda ocurrió el 31 de diciembre de 1976, cuando, en plena noche de fin de año, un grupo de jóvenes del barrio incendió los barracones del colegio Palomeras Bajas. Las llamas destruyeron la uralita, el mobiliario y, lo más doloroso, todos los materiales didácticos elaborados artesanalmente por el equipo: fichas, murales, libros, cuadernos, investigaciones y recursos que guardaban la memoria pedagógica en cada carpeta, póster y rincón cuidadosamente construido. Detrás de cada uno de ellos había meses de trabajo paciente: tardes pintando, noches recortando y búsquedas colectivas que daban sentido al proyecto. La escuela quedó desfigurada, pero el equipo se levantó con una energía renovada. Para los Pacos, la reconstrucción de la escuela marcó un antes y un después en la conciencia y la resiliencia del barrio, así como en la firmeza pedagógica del proyecto.

Reconstruyendo Palomeras Bajas tras el incendio de las navidades de 1976
Reconstruyendo el Colegio Palomeras Bajas tras el incendio de las navidades de 1976

 

La investigación del medio: una escuela en diálogo con la vida

 

De todas las técnicas Freinet, Paco Bastida hizo especialmente suya la investigación del medio. Para él, la escuela debe estar en sintonía con la vida real: observar la calle, comprender el barrio, conocer a su gente. Conocer el entorno y transformarlo es, a su juicio, la esencia de una escuela que educa para la vida. En Madrid y, sobre todo, tras su traslado a Alcantarilla (Murcia), llevó a cabo experiencias de gran riqueza y profundidad pedagógica.

Paco cultivó una sensibilidad especial para observar, registrar y transformar lo cotidiano en experiencia pedagógica, convirtiendo la investigación del medio en el eje central de su práctica. Para él, el conocimiento nacía del contacto directo con el entorno: el barrio, los comercios, las fábricas, las instituciones, el patrimonio cultural, los oficios y los paisajes sociales y naturales. Recuerda, por ejemplo, una visita al Museo Arqueológico de Madrid: los niños viajaron por primera vez en el autobús 57 desde Vallecas hasta Serrano (uno de los barrios más ricos de Madrid), exploraron la Dama de Elche, la Dama de Baza,  las momias egipcias, y visitaron el Retiro antes de volver a casa. Cada salida era un acontecimiento total, que requería preparación, generaba preguntas, fomentaba el diálogo y culminaba con relatos compartidos a la vuelta.

Teatro y compromiso en el colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
«En el local hacen una reunión para ver que se hace con el camarada detenido. Se decide…» Teatro y compromiso en el colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
Teatro y compromiso en el colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid)
Teatro y compromiso en el colegio Palomeras Bajas de Vallecas (Madrid): «Se van del bar a buscar la propaganda a un local.»

En Alcantarilla instaló casetas meteorológicas, macetas, terrarios con escarabajos, jaulas con pequeños animales, piedras, germinadores, objetos recogidos en las excursiones, telescopios artesanales para observar eclipses,  planetas, el cielo…un mural de corcho repleto de fotos y dibujos, e incluso un jardín botánico escolar en un solar, una escombrera detrás del centro que hubo que rehabilitar y recubrirlo de  tierra pura, cedido por el ayuntamiento: se plantaron plantas y árboles de la huerta y también de las zonas montañosas o boscosas cercanas. Cada planta tenía su nombre ordinario y la denominación en latín escrito en un azulejo con una pintura especial que se afirmaba al azulejo en el horno de cerámica que disponía  el centro. Cada planta tenía una ficha donde se anotaban sus características y, tras observaciones periódicas, su evolución, alguna plaga, insectos que acudían a algunas, etc. Para Paco, la naturaleza es un libro abierto que enseña a pensar, a observar y a formular preguntas. Su manera de enseñar lograba que la ciencia dejara de ser una abstracción y se transformara en una experiencia directa, corporal y profundamente significativa.

Las salidas al barrio eran constantes: al Ayuntamiento, a fábricas y talleres, a comercios y artesanos, a museos, exposiciones, centros culturales, templos o parques. Cada visita implicaba una preparación minuciosa: planificar el recorrido, calcular los costes —auténtica matemática viva—, organizar los materiales (bocadillos, cuadernos, cámara de diapositivas, grabadora…). Eran otros tiempos; hoy los recursos digitales facilitan enormemente la documentación, pero entonces cada fotografía o grabación era valiosa.

Después de la salida, llegaba la puesta en común: revisar datos, comentar las imágenes, escuchar las grabaciones, elegir qué incluir en el mural o en el cuaderno de clase y, a menudo, preparar un montaje audiovisual con las voces de niños y niñas narrando la experiencia.

El aula no era un espacio de transmisión, sino un lugar en diálogo permanente con su entorno. Cada visita se convertía en un proyecto completo de trabajo. En una de ellas, por ejemplo, la clase visitó la fábrica de conservas Hero: entrevistaron a los trabajadores, observaron todo el proceso de elaboración de la fruta y prepararon un dosier colectivo con fotos y dibujos. Incluso hicieron su propia mermelada para compartirla con sus familias.

En otras ocasiones, convertía conflictos cotidianos en oportunidades educativas, como cuando una niña contó en clase que un hombre había tirado basura en un buzón del barrio. Aquello derivó en una visita a Correos para explicar el problema y, a partir de ese incidente, el grupo estudió el funcionamiento del servicio postal, escribió una carta y aprendió a comprender los sistemas públicos desde la experiencia cotidiana, convirtiendo una situación real en una investigación espontánea que unía vida, conflicto, ciudadanía y aprendizaje.

 

El Friso de la Historia

El friso de la historia, el fichero escolar y el archivo vivo del aula

Uno de los recursos más valiosos que Paco Bastida y Paco Lara incorporaron a sus clases fue el friso del tiempo o de la historia: un gran mural horizontal, elaborado junto al alumnado, que ocupaba toda una pared del aula y permanecía siempre a la vista. Dividían este mural en secciones diferenciadas por colores y proporcionales a las grandes etapas históricas —la prehistoria, el periodo esclavo, el periodo siervo, la época asalariada y la actualidad—. Los alumnos colocaban en él láminas, frases y otros materiales sobre distintos pasajes históricos, siguiendo el orden temporal (diacronía) o mostrando la simultaneidad de los hechos (sincronía). Así podían situar épocas, descubrimientos, acontecimientos, personajes y transformaciones sociales, no como una cadena fría de fechas, sino como un relato vivo que crecía día a día.

El friso permitía resolver una de las mayores dificultades en la enseñanza del Conocimiento del Medio: la contextualización temporal. Los niños, cuyo sentido del tiempo está vinculado a ritmos vitales y personales, podían visualizar conceptos como evolución, continuidad, simultaneidad o permanencia de un modo natural y cooperativo. El friso les ayudaba a comprender el tiempo histórico de forma gráfica y orgánica: cada nueva información se colocaba en relación con las anteriores, generando conexiones, comparaciones y preguntas. No era una simple línea del tiempo decorativa, sino una auténtica herramienta de pensamiento. En él podían situar desde el origen de los primeros homínidos hasta las máquinas de vapor, desde las pinturas rupestres hasta la llegada de la televisión, desde inventos cotidianos hasta acontecimientos recogidos en la prensa diaria. El friso se convertía así en el cerebro visible del aula, un mapa compartido del conocimiento.

Junto con el friso desarrollaron también un archivo de documentos, una extensa colección de materiales gráficos y textuales —fotografías, recortes, revistas, mapas— que reunía “todo lo que caía en sus manos”. Estos materiales se organizaban por temas en carpetas y archivadores, y los niños los consultaban, seleccionaban, clasificaban y colocaban en el friso según los contenidos que se estuvieran trabajando: zoología, botánica, geografía universal o española, entre otros. En todas estas tareas el alumnado desempeñaba un papel fundamental: buscar en el archivo correspondiente, decidir dónde ubicar el material en el friso, ordenarlo y volver a guardarlo. El archivo ocupaba metros enteros de estanterías y acompañó durante años la vida de la clase de Paco. A día de hoy él conserva todavía parte de ese tesoro documental en su casa y desea donarlo a una institución donde pueda seguir siendo útil.

 

Prensa, tecnologías y materiales: una didáctica en constante creación

Inspirado por la biografía de Freinet, que subrayaba la importancia de prensa, la radio y de los medios de comunicación, Paco incorporó temprano el uso de la prensa diaria, en una época en que la prensa escrita era uno de los principales medios de información, Paco convirtió los periódicos en un recurso central de la investigación del medio. Llegaba al aula con ejemplares recientes y cada mañana los niños leían titulares, noticias y fotografías, las comentaban en asamblea y analizaban su relevancia. Debatían sobre acontecimientos locales y mundiales. La prensa se transformaba así en un puente entre la vida y el aprendizaje, entre la actualidad y la historia, entre el barrio y el mundo. Era, a su manera, una forma temprana de alfabetización mediática, mucho antes de que existiera ese concepto.

Su afán por ofrecer materiales significativos lo llevó también a incorporar tecnología pedagógica antes de que fuera habitual. En un instituto de Beniel descubrió abandonado un proyector de opacos y lo rescató para usarlo en clase: “Hoy vamos a ver la noticia entre todos”, decía. Proyectar la prensa diaria (no todos los días se hacía esta actividad) permitía leer de manera colectiva, comentar, buscar significados y conectar el aula con el mundo, con la sencillez de quien entiende que cualquier recurso puede convertirse en una herramienta para pensar.

A lo largo de toda su trayectoria docente, e incluso tras su jubilación, Paco ha creado cientos de materiales derivados de su experiencia en la investigación del medio: ha elaborado numerosas fichas, diseñado instrumentos de observación y, sobre todo, compartido todo este trabajo en los congresos y en el taller de Investigación del Medio del MCEP.

 

La memoria gráfica del movimiento: humor, caricatura y afecto

Otra faceta entrañable de Paco, surgida de su afición y talento para el dibujo, es su obra gráfica. Durante años elaboró historietas, retratos humorísticos y escenas cotidianas del MCEP y ha retratado en caricaturas a numerosas compañeras y compañeros del movimiento, creando una galería única de figuras inconfundibles, una auténtica “zoología” de los personajes que circulaban por congresos, talleres y asambleas. Sus dibujos, llenos de ironía, ternura e inteligencia, capturan gestos, posturas, manías anécdotas de asambleas y pequeños episodios que revelaban la vida interna del colectivo y momentos inolvidables del MCEP. Publicados en periódicos del movimiento o entregados casi en secreto a sus protagonistas, algunos representan asambleas interminables con participantes cabeceando de sueño; otros juegan con malentendidos lingüísticos, ocurrencias espontáneas o guiños internos que solo los meceperos reconocen.

Paco observa y dibuja desde el afecto: sus caricaturas no ridiculizan, sino que iluminan lo humano y conservan la memoria del movimiento. Constituyen un archivo sentimental, una mirada lúcida sobre las dinámicas de un colectivo que siempre se ha sabido plural, apasionado y, a veces, caóticamente creativo. Hoy continúa alimentando ese archivo gráfico, fotografiando a compañeros veteranos para enriquecer su colección y aportar materiales al libro sobre esta “fauna mecepera” que está preparando Nicolás, con quien ha iniciado una colaboración reciente y especialmente feliz.

 

Investigación histórica y memoria democrática

Depuración del magisterio en Murcia
Depuración del magisterio en Murcia

En los últimos años, su interés se ha orientado también hacia la investigación histórica, con el propósito de comprender cómo la dictadura franquista desmanteló la pedagogía activa y laica desarrollada durante la República y porque recuperar esa memoria pedagógica es, a su juicio, un acto de reconstrucción democrática. Ha consultado expedientes y documentos del Archivo General de la Región de Murcia y estudiado a fondo la depuración franquista del magisterio en Murcia, revisando expedientes, sanciones e informes que revelan la dureza de un sistema político que desconfiaba de los maestros y castigaba severamente cualquier forma de disidencia.

Fruto de ese trabajo ha redactado un estudio en tres partes: la figura de Franco como artífice ideológico, el rediseño del sistema educativo durante la dictadura y el proceso de depuración que castigó a cientos de docentes. Sus análisis, apoyados en obras como las del historiador  Paul Preston, recuperan la memoria de quienes fueron apartados, sancionados, expulsados o fusilados por defender una escuela pública, laica y democrática. Esta labor, aún en curso, responde a su convicción de que el presente educativo solo puede entenderse desde un conocimiento honesto del pasado.

Paco ha compartido con compañeros del MCEP los avances de estas investigaciones, contextualizando cambios legislativos, discursos de la Falange, procedimientos administrativos y las consecuencias personales que estos procesos tuvieron para cientos de maestros y maestras. Lo hace con rigor, pero también con una conciencia histórica que vuelve una y otra vez a la idea central de Freinet: la escuela debe formar sujetos críticos, libres y profundamente humanos.

Paco es un maestro que sigue abriendo caminos.