Después de 52 congresos, el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP) mantiene una trayectoria pedagógica construida durante décadas de trabajo compartido. ¿Qué explica esa continuidad y cómo seguir contribuyendo a la transformación de la escuela? En esta conversación, distintas voces reflexionan sobre aquello que sostiene al movimiento: la cooperación, las relaciones personales, el aprendizaje compartido entre generaciones, la capacidad de renovar las prácticas sin renunciar a los principios que dan sentido al movimiento

Hablar de la perdurabilidad de un movimiento que acaba de celebrar su 52.º Congreso puede parecer, de entrada, una contradicción. Cincuenta y dos congresos son ya una forma de respuesta. Significan que, después de décadas, sigue habiendo personas que se encuentran, que trabajan juntas, que comparten experiencias y que continúan pensando cómo transformar la escuela.
Pero la pregunta sigue siendo necesaria. No tanto porque el MCEP esté en peligro de desaparecer, sino porque cualquier movimiento necesita preguntarse qué quiere conservar, qué necesita transformar y cómo puede hacer que aquello que le dio sentido siga siendo significativo para quienes hoy están en las aulas.
En la conversación mantenida durante el Congreso, la respuesta no aparece de una sola manera. Se va construyendo entre diferentes voces y experiencias. Y quizá precisamente ahí esté una de las primeras claves de su perdurabilidad: no existe una única manera de pertenecer al MCEP, ni una única forma de entender cómo debe crecer.

Una historia hecha de cooperación
La palabra que aparece una y otra vez es cooperación. No como una técnica más, sino como una forma de organizarse y de relacionarse.
La propia historia del movimiento está vinculada a ella. La Cooperativa de Enseñanza Laica, el Instituto Cooperativo de la Escuela Moderna, las experiencias de cooperación educativa que surgieron en otros lugares y, finalmente, el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular. No es una palabra añadida posteriormente para describir una manera de trabajar: forma parte de su propia identidad.
Y esa cooperación no se limita al aula.
El Congreso se organiza cooperativamente. Los talleres se construyen entre quienes participan. Las publicaciones necesitan del trabajo de muchas personas. La página web, las redes, la secretaría, los grupos territoriales y cada una de las actividades dependen de una suma de aportaciones que, por separado, tendrían un alcance mucho menor o no existirían.
Quizá por eso la continuidad del MCEP no pueda entenderse únicamente desde su capacidad para mantenerse como organización. También tiene que ver con una manera de hacer que se reproduce cada vez que alguien comparte lo que sabe con otra persona y, al mismo tiempo, reconoce que tiene algo que aprender de ella.
No hay una jerarquía establecida entre quien lleva décadas en el movimiento y quien acaba de llegar. Una persona puede aportar una experiencia acumulada durante años y otra puede llegar con una pregunta surgida de una dificultad concreta en su aula. Ambas cosas tienen valor.
Esa horizontalidad es una de las experiencias que más sorprende a quienes se incorporan.

Encontrar un lugar
Para algunas de las personas que han llegado al MCEP en los últimos años, el descubrimiento no ha sido solamente pedagógico. Ha sido también personal.
Llegar a un Congreso, a un Encuentro de Invierno o a una reunión territorial puede producir una sensación difícil de explicar: encontrar que aquello que una persona intuía sobre la educación, pero no sabía cómo nombrar o cómo llevar a la práctica, ya estaba siendo pensado y experimentado por otras.
De repente aparecen personas que llevan décadas trabajando de una determinada manera y que no presentan su experiencia como una receta. La cuentan, la comparten, la ponen en discusión y permiten que otra persona encuentre en ella algo que pueda llevar a su propio contexto.
Ese encuentro produce energía.
En un momento en que muchas personas docentes viven la escuela desde el cansancio, la presión o la sensación de estar trabajando en soledad, encontrarse con otras que siguen intentando construir otra escuela tiene un efecto que va más allá de lo formativo. Devuelve la sensación de que es posible hacerlo de otra manera.
Y esa experiencia puede ser uno de los elementos más importantes para comprender la continuidad del movimiento.
No se trata solamente de transmitir unas determinadas técnicas. Se trata de transmitir una manera de mirar la escuela y a la infancia, una forma de relacionarse con otras personas y una convicción: que otra educación es posible y que no hace falta construirla en soledad.

Una comunidad que también cuida
Junto a la cooperación aparece otro elemento menos visible, pero igualmente importante: el afecto.
En la conversación se habla de encuentros, de congresos, de talleres y de experiencias pedagógicas, pero también de amistad, de vínculos personales, de sentirse acompañado y de reconocerse dentro de una comunidad.
Los años generan relaciones que no desaparecen cuando una persona deja de estar en activo. Al contrario, la jubilación puede abrir otra forma de participación.
Una de las imágenes más significativas que aparecen es la de las personas jubiladas que siguen asistiendo a los congresos con la misma curiosidad y la misma ilusión con la que quizá lo hicieron cuando todavía estaban en las aulas. Siguen tomando notas, preguntando, compartiendo experiencias y pensando sobre la educación.
Su aportación no consiste únicamente en contar lo que hicieron. También está la mirada que proporciona la experiencia, la capacidad para preguntar por qué se ha tomado una determinada decisión, para señalar algo que quizá podría hacerse de otra manera o para compartir una reflexión construida después de muchos años.
Así, la jubilación no significa necesariamente dejar de formar parte del movimiento. Puede convertirse en otra manera de estar.
Y eso también habla de perdurabilidad: una organización capaz de mantener vinculadas a personas que han dejado las aulas conserva una memoria que puede ser compartida con quienes llegan después.

El relevo no consiste en repetir
La continuidad, sin embargo, no puede reducirse a conservar lo que ya existe.
Un movimiento que quisiera perdurar únicamente repitiendo sus prácticas terminaría convertido en una pieza de museo. La conversación muestra precisamente lo contrario: las experiencias del MCEP siguen intentando responder a problemas actuales.
Las técnicas pueden cambiar de contexto, los materiales pueden ser diferentes y las herramientas pueden ser otras, pero detrás permanece una determinada concepción de la educación.
Por eso resulta significativo que en los talleres se hable tanto de aquello que está ocurriendo hoy en las aulas como de experiencias que tienen décadas de historia. La actualidad no aparece como una ruptura con el pasado, sino como una nueva ocasión para poner a prueba los principios que se vienen defendiendo desde hace tiempo.
La perdurabilidad, en ese sentido, no consiste en que todo permanezca igual. Consiste en que determinadas preguntas sigan vivas.
¿Cómo construir una escuela más cooperativa? ¿Cómo dar voz al alumnado? ¿Cómo trabajar desde la experiencia y no únicamente desde contenidos previamente establecidos? ¿Cómo relacionarse con las familias? ¿Cómo conseguir que el aprendizaje tenga sentido? ¿Cómo hacer que la educación contribuya a construir una sociedad diferente?
Las respuestas pueden cambiar. Las preguntas siguen ahí.

Entre crecer y seguir siendo lo que somos
Pero aparece también una preocupación evidente: si aquello que se está haciendo tiene tanto valor, ¿por qué no llega a más gente?
El MCEP ha acumulado durante décadas una enorme cantidad de experiencias, publicaciones y materiales. Sin embargo, una parte importante de ese trabajo ha permanecido dentro de sus propios círculos.
La página web, las publicaciones, las redes sociales y proyectos como Freinet Hoy aparecen en la conversación como intentos de romper esa situación y hacer visible fuera del movimiento todo aquello que se está haciendo dentro.
No es una cuestión menor.
Durante mucho tiempo, el MCEP ha podido funcionar sin preocuparse demasiado por explicarse hacia fuera. Las personas llegaban porque alguien las llevaba, porque conocían a una compañera, porque habían participado en alguna actividad o porque un grupo territorial les había abierto la puerta.
Pero el contexto ha cambiado. Y también ha cambiado la manera en que las personas buscan información, conocen experiencias educativas y establecen contactos.
De ahí la necesidad de utilizar nuevos canales.
La web permite reunir una parte de la memoria y del pensamiento acumulado. Las redes pueden hacer visible una experiencia que, de otro modo, quizá no saldría del grupo que la ha realizado. Los vídeos permiten escuchar directamente a quienes han vivido determinadas experiencias. Las jornadas pueden abrir espacios de encuentro con personas que todavía no conocen el movimiento.
Todo ello puede contribuir a que alguien, en algún lugar, escuche hablar por primera vez de Freinet.
Pero aquí aparece una tensión interesante.
¿El objetivo es conseguir que el MCEP tenga cada vez más miembros o que cada vez más personas conozcan y puedan incorporar sus ideas?
No necesariamente son la misma cosa.
Hay quien defiende la necesidad de fortalecer los grupos territoriales y conseguir que las personas que se acercan encuentren un espacio estable de participación. Y hay quien considera que el objetivo principal debe ser ampliar la difusión de la pedagogía Freinet, aunque muchas de las personas que entren en contacto con ella nunca lleguen a formar parte del movimiento.
Probablemente ambas perspectivas puedan convivir.

Llegar más lejos sin convertirse en otra cosa
La cuestión está entonces en cómo abrir las puertas sin perder aquello que hace diferente al MCEP.
La conversación deja claro que no se trata de competir con quienes ofrecen fórmulas rápidas para mejorar la enseñanza. El MCEP no pretende proporcionar una lista de instrucciones que alguien pueda aplicar inmediatamente en su aula.
Su propuesta exige otra actitud.
Escuchar. Preguntar. Experimentar. Compartir. Revisar lo que se hace. Pensar con otras personas.
Por eso quizá nunca tenga sentido medir su éxito únicamente por el número de participantes que consigue reunir. El movimiento puede llegar a muchas más personas sin necesidad de que todas ellas se conviertan en miembros.
Una persona puede conocer el texto libre en una actividad universitaria y no acudir nunca a un Congreso. Otra puede descubrir una experiencia a través de la página web y llevar alguna de sus ideas a su colegio. Otra puede participar en unas jornadas y años después ponerse en contacto con un grupo territorial.
El impacto puede producirse de maneras que no son inmediatamente visibles.
Y, al mismo tiempo, sigue siendo necesario que existan espacios donde esa relación pueda hacerse más profunda. Porque conocer una técnica no es lo mismo que formar parte de una comunidad que comparte una determinada concepción de la educación.

La universidad, los centros, las redes
Por eso la difusión aparece en muchos frentes.
Las universidades pueden ser un espacio para que futuras maestras y maestros conozcan una pedagogía que, de otro modo, quizá no aparezca en su formación. Los colegios pueden convertirse en lugares donde una experiencia compartida por una persona contagie a otras. Las redes sociales pueden ampliar el alcance de una publicación. Los medios de comunicación pueden ayudar a que el movimiento deje de ser desconocido fuera de sus propios círculos.
Y también pueden recuperarse formas de presencia que ya tuvieron importancia en otros momentos, como otros espacios amplios de formación.
No se trata necesariamente de elegir un camino.
Puede haber grupos territoriales presenciales y, al mismo tiempo, reuniones que incorporen a quienes no pueden acudir físicamente. Puede haber publicaciones destinadas a quienes buscan una reflexión profunda y contenidos breves que permitan descubrir el movimiento. Puede haber congresos para quienes ya forman parte de él y actividades abiertas para quienes todavía no lo conocen.
La diversidad de caminos puede ser una fortaleza.

Una escuela que necesita otra voz
Hay además una razón de fondo para considerar importante esta tarea de difusión.
La conversación insiste en que la pedagogía Freinet plantea una alternativa a determinados valores que hoy tienen una presencia muy fuerte en la educación: la competitividad, el individualismo, la búsqueda de resultados inmediatos, la cultura del premio y la idea de que siempre debe existir una fórmula que nos diga qué hacer.
Frente a ello, el MCEP sigue defendiendo la cooperación, la participación, el trabajo colectivo, la escucha y la construcción compartida.
No se trata únicamente de una metodología.
Es una manera de entender qué papel puede desempeñar la escuela en la sociedad.
Por eso hacer visible el movimiento no significa hacer publicidad de una organización. Significa contribuir a que exista otra voz en el debate educativo.
Que cuando alguien escuche hablar de texto libre, asamblea, correspondencia escolar o investigación del medio pueda relacionarlo con una tradición pedagógica viva. Que pueda saber que hay docentes que llevan décadas trabajando desde esos principios y que siguen haciéndolo hoy.

El futuro se construye mientras se trabaja
Quizá una de las ideas más interesantes que aparecen al final de la conversación sea que el futuro no se construye únicamente pensando en el futuro.
Se construye trabajando bien ahora.
Una persona que hace su trabajo en el aula con ilusión puede despertar la curiosidad de otra. Un grupo de docentes que empieza a reunirse puede incorporar a alguien más. Una experiencia compartida en un Congreso puede regresar al colegio y transformarse allí en otra experiencia. Una publicación puede llegar hoy a alguien que quizá dentro de tres años decida buscar al movimiento.
La continuidad puede producirse de esa manera, casi siempre desde lugares pequeños.
No todo tiene que convertirse en un gran proyecto.
A veces basta con que alguien pregunte a una compañera cómo organiza su asamblea. Que otra persona se anime a probar el texto libre. Que un grupo decida reunirse para hablar de un problema del aula. Que alguien invite a otra persona a un Congreso. Que una maestra jubilada siga contando lo que aprendió durante sus años de escuela.
El movimiento crece también así: por contagio.

Perdurabilidad
Quizá por eso la pregunta inicial no tenga una respuesta única.
El MCEP puede perdurar porque tiene una historia, pero la historia por sí sola no garantiza nada. Puede perdurar porque conserva una memoria, pero esa memoria necesita seguir siendo compartida. Puede perdurar porque existe una organización, pero una organización necesita personas que quieran sostenerla.
Y puede perdurar porque sigue teniendo algo que decir sobre la escuela.
En las diferentes voces que aparecen en esta conversación hay una convicción común: todavía merece la pena estar aquí.
Merece la pena porque hay personas que siguen encontrando en el movimiento un lugar en el que pensar y trabajar con otras. Porque quienes llevan décadas pueden seguir aportando a quienes llegan. Porque quienes llegan pueden aportar preguntas nuevas. Porque la cooperación sigue siendo posible. Porque los vínculos personales importan. Porque la pedagogía necesita también afecto y cuidados. Porque todavía hay una escuela que necesita alternativas.
La perdurabilidad no parece estar, por tanto, en conservar intacto lo que se hizo durante estos cincuenta y dos congresos.
Está en conseguir que, dentro de algunos años, siga habiendo personas que puedan llegar a un encuentro, escuchar a otras hablar de sus aulas, sentirse acompañadas y pensar: esto también es lo que yo estaba buscando.
Y entonces empezar de nuevo.
No para repetir el movimiento, sino para mantenerlo vivo.
